domingo, 11 de enero de 2026

Un paso más hacia el totalitarismo.

Vemos un vídeo -otro más- donde agentes armados de EE.UU. "asesinan" a un ciudadano. Está vez ha sido un agente del Servicio de Control de Inmigración en el contexto de una protesta por las redadas a inmigrantes. Vemos como el agente saca su arma y le descerraja tres disparos a una mujer. Uno por cada uno de los tres niños de los que era madre. Trump se apresuró a acusar a la víctima de resistirse, de ser una terrorista (de nuevo el comodín del terrorismo para justificar la ejecución impune de lo que sólo son víctimas) y a la "izquierda radical" de estar detrás del suceso. Ya, ni se molestan en buscar nuevas excusas. La retórica que convierte a la víctima en amenaza sigue siendo eficaz. Sirve para deshumanizar, para enfriar la empatía, para que la gente piense: “algo habrá hecho”. Esa frase es el cemento de la impunidad. Cuando se instala, cualquier muerte es justificable. Lo ocurrido no es una tragedia accidental, ni una mala decisión en un segundo de pánico. Es el resultado de un aparato de poder al que se le ha dado carta blanca y que se ha acostumbrado a actuar impunemente. Cuando un agente sabe que puede apretar el gatillo y que, pase lo que pase, alguien arriba se encargará de justificarlo, el problema deja de ser individual. Se vuelve estructural. Esto no va de orden, ni de ley. Esto va de imponer una forma de entender la vida en la que la muerte de inocentes es aceptable. Esto va de eliminar lo que no se acepta, lo que no se quiere ver, lo que estorba: inmigrantes, ciudadanos que protestan, voces que se alzan contra tus injusticias... Esto va de una manera de actuar donde lo que menos importa es la víctima. Lo que urge es cerrar la escena cuanto antes, culpar a la víctima y justificar al verdugo. Ahí entra en juego otro tipo de violencia, la más silenciosa: el relato. La versión oficial no busca convencer, busca cansar. Repetir una mentira hasta que discutirla parezca inútil. Lo verdaderamente inquietante es la naturalidad con la que se asume que ciertas vidas pueden descartarse sin que el sistema se detenga a pensar. No hay conmoción institucional, no hay pausa, no hay autocrítica. Todo sigue funcionando como si nada. Eso es lo peligroso. No el disparo, sino la normalidad que lo rodea. Esa es la normalización que hasta de sus acciones más monstruosas logran los fascismos. Si basta con estorbar, con decir "no”, con ponerse delante, para que la respuesta sea letal, entonces la ley deja de ser un marco común y pasa a ser un privilegio. Cuando el poder puede mentir sin rubor, negar auxilio sin consecuencias y cerrar filas sin rendir cuentas, ya no estamos ante una democracia, ni tan siquiera defectuosa, sino ante un sistema totalitario que ha normalizado la violencia como herramienta de gestión.

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