Una de las razones del auge de la ultraderecha tiene que ver con la nefasta confluencia de dos agentes: Por un lado la erosión de unos medios que han ido abandonando el rigor, la objetividad, el análisis independiente y hasta el compromiso con la verdad para plegarse al vicio de buscar el clic, ese “a ver qué barbaridad van a decir” para recibir más impacto. Y, por otro lado, una derecha ultra que ha entendido perfectamente que la verdad y el debate sosegado no venden y se ha convertido en una máquina de producir fango y miseria moral para alimentar a ese periodismo que, no sólo compra su relato y le sirve de altavoz, sino que a través de sus contratos de publicidad le somete a vasallaje. Proliferan así medios de comunicación militantes, activistas, que muchas veces están financiados por los partidos de ultraderecha, que promueven sus ideas, sus narrativas y disfrazan de noticias, de información, de datos, de estudios, las posturas ideológicas y las mentiras que sirven de andamiaje político a estos partidos. Estas son las que alimentan al electorado que apoya a la ultraderecha, ávido de leer más sobre las cosas con las que ya estaban de acuerdo previamente: ese es el sesgo de confirmación. Además, las redes sociales han acabado confundiendo información, comunicación y propaganda. Ya no hace falta el medio de comunicación para generar un discurso masivo, y la ultraderecha tiene la oportunidad de ir más allá, de alcanzar capas sociales que antes se le escapaban porque la tecnoligarquía es esencialmente ultra. Pero los medios de comunicación siguen siendo esenciales para crear focos de atención y servir de altavoz. Por eso, partidos como el PP están alimentando con fondos públicos a pseudomedios, medios de la extrema derecha donde militan los principales agitadores: Vito Quiles, Bertrand Ndongo, Javier Negre, Eduardo Inda... Son medios como Periodista Digital, Estado de Alarma, OkDiario o The Objective, entre otros, regados con abundante dinero público por Ayuso, o Almeida. Pero están alimentando un monstruo, como acabamos de comprobar en Aragón. Allí el PP, en un alarde de estupidez política, no sólo ha comprado muchos de los postulados de VOX, sino que ha invitado a su meeting de fin de campaña al ultraderechista Vito Quiles. Resultado: aunque ha ganado las elecciones, ha perdido dos escaños, mientras que la ultraderecha dobla su representación. Ya sólo les queda auto disolverse e integrarse en el partido de extrema derecha.
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