Hungría ha abierto una ventana a la esperanza. Cuando vemos cómo se suceden globalmente los triunfos de la ultraderecha, la derrota del fascista Orbán ha sido un soplo de esperanza. La clave para entender lo que allí ha pasado es muy sencilla: Orbán llevaba 16 años ininterrumpidos en el poder, tiempo suficiente para que los ciudadanos hayan podido apreciar el calibre de sus populistas mentiras y sufrir las consecuencias del fascismo activo. Esto no ha sido una cuestión de europeísmo sí, europeísmo no, como muchos blanqueadores del fascismo están interpretando. El cambio se debe a que hasta los ciegos acaban viendo. El panorama en Hungría no es limpio, ni democrático, ni edificante. Como en tantos otros sitios es un lodazal con algoritmo. Tras 16 años, Orbán deja una Hungría con un PIB que lleva años estancado; donde la reducción de impuestos a los ricos (tiene un impuesto de sociedades muy bajo, pero el IVA más alto de la UE) ha provocado una gran caída del consumo y una elevadísima inflación. Hungría tiene uno de los niveles de deuda más altos de Europa Central pese a las restrictivas políticas de gasto público. El paro -pese a ser bajo- está en continuo aumento desde hace diez años, afectando sobre todo a los jóvenes. Su salario medio es de 1.300 euros y el medio de 750. Muy similar a la pensión media: 750 euros. Su gasto en sanidad en 2024 fue de 9.800 millones de euros (España, 98.000), el 4,76% de su PIB (España, el 6,5%). Pese a las políticas anti inmigratorias, Hungría tiene más emigrantes (más del 7% de la población) que inmigrantes. Los húngaros se han fatigado de tanta patria. Mucho mensaje patriótico, mucho enemigo exterior, mucha épica de cartón piedra. Demasiado abuso de Photoshop político. Porque la inflación no se combate con patrioterismo de pulserita. Porque la corrupción, por mucho que se barnice de patria, sigue oliendo a corrupción. Y porque los servicios públicos, cuando se deterioran, tienen la fea manía de recordarle al ciudadano que la propaganda no cura, no educa y no llena la nevera. Pero no conviene idealizar nada. El poder ha pasado de la ultraderecha a una derecha poco liberal. El parlamento se lo reparte esa derecha y la ultraderecha. Ni un solo liberal. Ni un solo escaño para una izquierda que decidió no presentarse a las elecciones. Lo mejor es el revés a Trump, que apoyó a su "amigo" Orbán enviando a su vicepresidente, JD Vance. Y el revés a Putin, principal aliado de Orbán. Y el revés a Abascal, que ve desaparecer su principal fuente de oscuros préstamos millonarios.
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