El otro día, zapeando, me di en los hocicos con una de esas tertulias de rellano de escalera, repletas de ignorantes y engreídos sabelotodo, que inundan los supuestos programas de entretenimiento. Hay que tener cuidado con esos programas que empiezan llevando gente a "divertirse", o hablando de fantasmas, psicofonías, ovnis, profecías, vampiros y chupacabras, y terminan sentando a la mesa a una legión de ultraderechistas para insultar y defenestrar al gobierno. En la tertulia, un guirigay con estúpidos monólogos, frases cruzadas, interrupciones, aspavientos y salidas de tono, se hablaba, perdón, se gritaba, sobre cuánto puede una familia gastarse en comida. La idea era abundar sobre la idea de que en la España de Sánchez todo estaba fatal aprovechando la subida del precio de los alimentos. Eso llevó a una discusión "informadísima" entre los que ,hasta ayer, eran vulcanólogos apasionados, epidemiólogos de pro, expertos en geoestrategia internacional o eminencias en el análisis sociológico de la población ceutí. Alguien dió una cifra y, a partir de ahí, se desató el combate: Que si tanto dinero es un disparate, que si con eso no llenas el frigo, que depende de lo que comas, que si el gasto sube si la abuela fuma... Vamos, como si fueran expertos de la FAO. Hasta que el boca chanclas de turno, un ultrademócrata "sin complejos y con cara de no haber pasado apreturas en su vida, dió un giro interesado a la discusión pontificando: "el tema está en cuánto puede gastarse cada uno" ¡Acabáramos! Desde entonces lo que se "riñó" no fue ya cuánto se gasta alguien en alimentación, sino cuánto deben de gastarse los pobres. ¡Sorpresa! La cantinela de siempre: no llegas a fin de mes porque eres un manirroto, no porque cobres un salario diminuto. Ah, si fueras como esos astutos millonarios que estuvieron comiendo arroz hervido durante tres décadas para invertir esos ahorros… Camarada, a ver si te enteras, vives en un bajo interior cutre y compartido y sólo compras los ultraprocesados de oferta del Día porque eres un vivalavirgen en vez de una tenaz hormiguita meritocrática. Me revientan esos miserables que repiten esa cantinela de que "fulanita no lo tendrá tan difícil cuando el otro día se la vio comprándole bollycaos al odre ese que tiene por hijo. Hambre no pasará". Obviando que hay que ser muy idiota para competir por ver quién vive peor, habrá quien aún no entienda que los menesterosos también tienen derecho a comprar una tableta de chocolate de vez en cuando. Pero es que en esta escalada de odio que nos domina, el odio al pobre es el mecanismo que utiliza el neoliberalismo para evitar la solidaridad de clase. A tomar por culo el Evangelio. Mucha gente ya no odia la pobreza, odia a quien la sufre. Qué tiempos aquellos de los años 50 cuando una conocida campaña de "caridad" impulsada durante el franquismo proclamaba "Siente a un pobre en su mesa". El objetivo era promover la caridad cristiana nacionalcatólica, pero acabó siendo un acto de fachada para lavar la conciencia de las clases acomodadas. Hoy, más que sentarlo, sería más fácil que el pobre fuese apaleado. Verás tú si ahora va a resultar que hasta los pobres vivían mejor con Franco. A lo mejor por eso había muchos más.
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