miércoles, 11 de febrero de 2026

El tazón de Bad Bunny

Dado que es un hecho trascendental cuyas consecuencias tienen un alcance mundial, yo ya sabía que el 2 de febrero se celebraba en EE.UU. el Día de la Marmota que, por supuesto, no seguí. Lo que se me escapó es que el 8 de febrero se disputaba otro evento de carácter capital como es la final de la Super Bowl. Se comprenderá que a mí, una competición de fútbol americano, llamada además "Super Tazón", me importa un carajo. Pero después me entero de que durante el descanso, usado como cebo para multiplicar la audiencia, iba a actuar un tal Bad Bunny, el "rey del trap latino" y figura global del reguetón. Confieso que de este "rey" y su música yo sé lo mismo que del de Esuatini. Pero si hasta creí que su nombre era Bugs Bunny, como el conejo. El caso es que el puertorriqueño aprovechó para -dicen- lanzar un contundente mensaje reivindicativo a favor los países latinos y en contra de la fascista política migratoria de Trump. Pero si hasta se ha llegado a decir que fue "uno de los mejores discursos políticos de nuestro tiempo" y ha hecho babear a muchos progresistas. Para mí, que se diga que un tipo vestido de fantoche con un traje exclusivo diseñado por Zara y un reloj de 75.000 euros, ha llevado a cabo un acto de "resistencia contra el divisionismo, un triunfo cultural para los latinos y un golpe simbólico al presidente Donald Trump", me parece exagerado. E intentar convertir a Bunny en un icono de rebeldía y transgresión al sistema, ridículo. Bunny no es un azote del sistema; es un producto multimillonario de la industria musical. Dejando de lado su fortuna -no creo que tener dinero sea incompatible con ser progresista- es un producto de mercado que no cuestiona el régimen que lo amamanta. Además, gran parte de sus letras perpetúan la cosificación y denigración de las mujeres -perras, para él- y las reduce a fantasías sexuales masculinas en un género ya plagado de misoginia. Más allá de "mensajitos rebeldes" su música fomenta una alienación consumista, donde el hedonismo vacío y la hipersexualización venden discos, no conciencia social.

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