Las pantallas se han convertido en la moderna caja de Pándora. De ellas salen guerras, genocidios, incendios, catástrofes humanitarias y naturales, mentiras, broncas continuas y odio. Pero deslizamos el dedo, olvidamos pronto y seguimos con nuestra vida. Así vivimos: rodeados de acontecimientos enormes y cada vez más alejados de aquello que los hace explica y hace posibles. Tan "tranquilos". Pero no nos damos cuenta que hasta la tierra sufre. Un lugar que durante generaciones fue hogar, cultivo, paisaje, memoria y pertenencia se ha convertido en un activo financiero. Con ello no desaparece solamente una forma de vivir y ganarse la vida; puede desaparecer una manera de habitar el mundo. Parece no inquietarnos. Dejamos correr el agua como si fuera infinita mientras los acuíferos se agotan, los ríos se pudten y las sequías se prolongan. A muchos, el cambio climático -nunca mejor dicho- "se la suda". No estalla como una bomba. A veces modifica una cosecha, seca un río, desplaza una comunidad o convierte lentamente un territorio en inhabitable. Un bosque o un glaciar pierde superficie, una especie deja de regresar, un insecto o un anfibio desaparece de nuestra vida y apenas nos damos cuenta. Mientras tanto, seguimos llamando progreso a una forma de vida que consume en décadas aquello que la naturaleza tardó siglos en construir. Cómo perfectos imbéciles hemos aprendido a contabilizar con extraordinaria precisión aquello que produce dinero, pero valoramos muy poco aquello que hace posible la vida. Estamos ciegos. Vemos cifras de muertos y desplazados, de migrantes ahogados, de víctimas de catástrofes, pero no reparamos en que detrás de cada cifra había una persona, una casa, una familia, una historia, una tragedia traducida en muerte. Y alrededor de la muerte existe una enorme economía: armas, drones, misiles, sistemas de vigilancia, satélites, tecnología militar, mafias, empresas que hacen negocio de las tragedias, políticos que las usan para conseguir votos. Mientras unos huyen o, lo peor, mueren, otros calculan contratos y beneficios. La muerte también tiene mercado. Podemos estar informados de todo y comprender cada vez menos. Una noticia desplaza a otra, una tragedia queda enterrada bajo una polémica y un desastre ambiental dura lo que tarda en aparecer el siguiente estímulo. Han secuestrado nuestro tiempo, nuestra atención y, en cierta medida, nuestros deseos. De ahí nace buena parte de la batalla por la popularidad, de la indignación permanente y de esos contenidos diseñados para provocarnos una reacción inmediata. No interesa que pensemos. Basta con que reaccionemos. Y lo hacemos de la peor manera posible. Necesitamos apartarnos de aquello que nos deslumbra para no mirar, romper el ruido que nos distrae y volver la mirada hacia lo que importa. Que nadie decida por nosotros qué merece nuestra atención, nuestra indignación o nuestro silencio.
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