Estamos tan acostumbrados a que en las películas siempre ganen los buenos que hemos acabado creyendo que, en el mundo real, los ganadores son los buenos. ¡Qué grave error! Quizá por eso, a veces tenemos la sensación de que por admirar y querer imitar a los "ganadores" cada vez más gente se pasa al "lado oscuro". Vemos, por todas partes, entre gente de toda edad y condición, a gente ejerciendo el odio, esa forma de maldad tan destructiva. Creo que, en la mayoría de los casos, ese odio no es intrínseco, sino que nos lo han ido inoculando a fuego lento, despacio, sin prisa. Y el virus del odio, por ignorancia, por miedo, por interés..., se ha metido en el tuétano de mucha gente, creando diferencias insalvables entre personas y grupos por asuntos a veces intrascendentes. Es evidente que el odio se cultiva, se siembra y abona. Hay grupos políticos expertos en hacerlo y todos conocemos quiénes son sus colaboradores necesarios. No es casualidad que en estos momentos odio y ultraderecha crezcan juntos. Ya lo dijo Jean Paul Sartre: "El fascismo no es una ideología, el fascismo es una metodología del odio". Y ahí tenemos a diario a esas jaurías que arropadas en cuatro ideas rudimentarias y adornados de símbolos patrióticos, dedican más tiempo a insultar, a odiar, que a vivir sus propias vidas. Me dan mucha pena esos jóvenes de sobrada ignorancia y engreimiento que van por el mundo con cara de perros encadenados dispuestos a comerse al primero que pase en cuanto el amo les quite la correa. Y ahí tenemos a esos "triunfadores", como Trump, como Milei, como Espriella, con su carácter agrio, polarizante y faltón, su total falta de empatía, siempre dispuesto a generar polémicas públicas, a insultar a los adversarios a maltratar verbalmente a los periodistas. Ahí están con sus caras de amargados y "malafollá" arrastrando a millones de personas al terreno del odio. La fascinación que causan entre los ignorantes les lleva al triunfo y se extienden por todo el planeta como el calor derivado del cambio climático, como la pobreza que no deja de crecer gracias a personajes como ellos que con su maldad intrínseca pretenden un mundo esencialmente libertario, es decir, injusto, en el que la bondad -"buenismo", lo llaman ellos- sea tan difícil como sonreír ante una tragedia colectiva. A este grupo de "ganadores" con mala leche pertenece la señora Ayuso, esa energúmena de ramplona inteligencia que teledirigida por MAR, el abyecto y alcohólico resentido, arremete estos días contra Sánchez y su gobierno para desviar la atención sobre el super escándalo de su ático de lujo. Su infantil sobreactuación sólo es superada por el arsenal de odio y falta de respeto que supuran sus palabras. Sólo le falta meter -otra vez- a ETA en su argumentario de niña malcriada, odiosa y repelente. Quizá todo lo explique que está pasando un episodio de estrés postraum-"ático". Pero ahí está ella, defendiendo al genocida estado de Israel, uno de cuyos ministros acaba de animar a " asesinar entre 30 y 40 personas cada noche en Gaza". Yo diría que eso es maldad en estado puro, aunque quizá me equivoque y eso sea prueba de que esta escoria y los que lo apoyan son buena gente.
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