Simone de Beauvoir, en su obra "Plenitud de la vida", anunció que había dejado de creer en Dios. Lo hace con la misma calma con la que uno constata que se ha terminado el café. Sin gran asombro. Cómo un tramite más. No hay angustia, no hay alivio, no hay preocupación. Ojalá pudiera yo hacer lo mismo. Porque yo también he perdido cosas. La fe, sí, pero también la confianza en la política, la creencia en el progreso, la certeza de que el esfuerzo conduce a algún lugar y, a veces, hasta la creencia en el ser humano, que sólo recupero ante la mirada sincera, la voz serena, la paz interior y la mano tendida de muchas personas. Lo malo es que estás pérdidas ya no las vivo con gran asombro. Las vivo, simplemente, como el estado natural de las cosas. La diferencia con Beauvoir es que ella sabía lo que había perdido. Yo, muchas veces, ni eso. Vivimos en una época de desesperanza difusa. No la desesperanza dramática de quien ha apostado todo a algo y lo ha visto derrumbarse. Esa, al menos, tiene dignidad, tiene historia. Es una desesperanza más cotidiana y más insidiosa, la del que se despreocupó de la posibilidad de perder lo que nunca creyó posible perder. Es el rescoldo del que ha visto incontables promesas incumplidas, suficientes ídolos caídos, tantas causas que se corrompieron antes de llegar a ningún sitio. La desesperanza no es gratuita; tiene sus razones. Realmente, mi generación, no ha peleado contra nada ni ha perdido nada en combate pero pierde a chorros lo que creía tener asegurado. Pasa con el amor, del que esperamos tanto que cualquier cosa real resulta insuficiente. Con el trabajo, del que queremos que sea vocación y pasión y propósito y sustento económico, y que acaba siendo algo que inevitablemente defrauda. Con un sistema que te ahoga y te pisa el cuello. Con la política, a la que pedimos tanto que cuando no nos lo da concluimos que toda política es corrupción o promesas incomplidas. Y entonces decimos que todo es una decepción, cuando quizá el problema es que hemos construido un mundo con criterios que ninguna cosa concreta puede cumplir. Beauvoir llegó a la conclusión de que Dios no existe para ella. Nosotros llegamos a la conclusión de que nada merece la pena. Ella encontró libertad en la ausencia. Nosotros encontramos, con demasiada frecuencia, parálisis. Nos han enseñado a esperar que las cosas nos convenzan pero no a comprometernos con ellas. Y las cosas, que son imperfectas y frágiles y temporales, rara vez convencen a quien necesita ser convencido. Esa es nuestra gran tragedia.
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