viernes, 13 de marzo de 2026

ESPERANZA

"Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera", escribió Neruda. Es el más bonito canto que conozco a la esperanza, el único bien común de todos los seres humanos. Hasta los que todo lo han perdido, la poseen aún. Y, sin embargo, hasta eso pretenden ya arrebatarnos. La esperanza, más que un estado de ánimo es una tabla de salvación personal, una necesidad vital tan corta como la vida, y tan larga como la eternidad que a veces parecen tener los pozos en los que nos sumergimos. Pero la esperanza no puede ser fruto de un deseo ilusorio, inoperante e irracional. Por contra, debe nutrirse de la introspección, de la reflexión intima entre el tiempo perdido, el tiempo recobrado y el tiempo esperado. Debe estar cercana al límite de nuestras fuerzas y convencida de que éstas siempre pueden elevarnos si se lo exigimos. En estos momentos la esperanza sólo es válida si estamos convencidos de la belleza de la vida, de la grandeza de la inteligencia humana y de nuestra superioridad sobre el miedo. Y ahí está el problema, porque la esperanza y el miedo no pueden ocupar el mismo espacio. Por eso debemos aprender a invitar a una a quedarse y a el otro a marcharse. Y también a controlar nuestros deseos porque la esperanza proviene del deseo: del deseo de amor, del deseo de expresarnos, del deseo de libertad. Cuanto más enraizado esté ese deseo, mayor será la capacidad de la esperanza de transformar el futuro, de presentarlo esplendoroso e infinitamente deseable. La esperanza tiene el poder de transformar nuestro corazón, de apaciguar nuestra ansia, de hacer soportable el presente y reforzar nuestra voluntad de luchar cuando se violan nuestros derechos. Pero debemos rechazar la falsa esperanza de los fantaseadores, en los que prevalece la inacción e incluso la opción de huir y retirarse del mundo, para abrazar la esperanza que nos empuja a pasar a la acción. La esperanza es el océano para el rio, el sol para los árboles, y el cielo para nosotros. Por eso no puede entender que ni el bocazas de Trump, ni el maquiavélico Putin, ni el obseso Bukele, ni el sociópata desquiciado Milei, ni ninguno de esos mentirosos compulsivos y traidores a la decencia que pueblan los populismos, puedan ser esperanza para nadie.

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