El almanaque me resulta tedioso. Es un bucle interminable, un cansino "déjà vu", un castigo de Sísifo, el año de la marmota hecho agenda. Menos mal que recoge días como el 8 de marzo que te llevan a reflexionar, a valorar, a tomar partido. Con la que está cayendo, que son chuzos fascistas de punta, celebrar el 8 de marzo es más necesario que nunca. Quizá sea que cuando oigo hablar a un fascista siempre pienso (yo soy más de pensar, ellos de gritar consignas) que lo correcto es lo contrario. Ellos están "cansados" (bueno, ellos dirían "hasta los huevos", que es más testosterónico) de feminismo y de "feminazis". Creen que no son necesarias las políticas de igualdad, que el feminismo ha ido demasiado lejos, que la violencia de género no existe. Y, como son lerdos y mentirosos por naturaleza, debemos pensar lo contrario. Ellos, desde su visión patriarcal y "macho supremacista" de la vida, piensan (con perdón) que el feminismo es un problema. Pero el problema, aquí, en Afganistán, en Israel, en Arabia Saudita o en la América trumpiana, es el machismo. El problema de los hombres no es el feminismo. Parece una obviedad, pero conviene recordarlo. El feminismo es sólo un inconveniente, una incomodidad, una china en el zapato para los machistas. Parece una obviedad, pero conviene recordarlo porque el "facherio" y el "macherio" (todo facha es machista, pero no todo machista es facha) cada 8 de marzo vuelve a sentar al feminismo en el banquillo de los acusados. Es cansino ver cómo las fuerzas retrógradas de este país se empeñan en seguir sometiendo al feminismo a cuarentena y a mantenerlo bajo sospecha, negándose a que sea una conversación de sentido común. Hoy la ola reaccionaria ha encontrado en el discurso antifeminista un filón para fomentar y canalizar el malestar de muchos hombres, especialmente jóvenes. Han puesto en marcha una industria de la misoginia, dopada por los algoritmos, que les bombardea con miles de mensajes que fomentan el resentimiento y el agravio. Un ecosistema que alimenta la desconfianza hacia el feminismo, culpándolo de su baja autoestima. El resultado está a la vista. Miles de jóvenes, y no tan jóvenes- identifican el feminismo -y en muchos casos a las propias mujeres- como el origen de sus problemas: la precariedad, la soledad, la ansiedad, las dificultades materiales... Pero el mundo facha ya nos tiene acostumbrados a esto: para ellos, por ejemplo, la culpa del cambio climático la tienen los ecologistas. Así que conviene celebrar el 8 de marzo para recordar que sigue siendo necesario reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres, condenar la violencia contra la mujer o respetar la diversidad sexual. Pero también para afirmar que no compramos la mercancía tóxica y averiada de la extrema derecha y que estamos comprometidos con un mundo más libre y justo.
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