Asistimos, en medio mundo, a una cadena imparable de victorias electorales de la derecha. Pero detrás de ese giro a la derecha creo que se esconden, más que una conversión ideológica, la ira, el miedo, la inseguridad y una profunda crisis de la democracia. Y la ignorancia. Las políticas educativas animadas desde la OCDE, con su visión economicista, el fomento de conceptos empresariales en la escuela pública, la reducción del currículo y la priorización de mecánicas de evaluación sobre el aprendizaje real, han hecho bien su trabajo. Para entronizar gobiernos de derechas radical ya ni tan siquiera se necesitan buenos líderes. Basta presentar a un imbécil, a un narcisista enfermizo como Trump; a figuras excéntricas y de extrema derecha como Bukele; a sociópatas enloquecidos como Milei; a personajes rastreros y serviles como Corina Machado o a mediocres que sólo sirven de florero político, como el "hijo del cura", para hacerse con el poder. La izquierda lo tiene difícil. Quien vive con miedo, inseguridad o un exceso de incertidumbre, es menos receptivo a los mensajes sobre justicia social. Sobre todo en un mundo forjado a golpe de individualismo y cada vez más egoísta. Los populistas autoritarios ofrecen un relato más sencillo: orden inmediato, un enemigo visible, "prioridad" para quien los vote, uniformidad, fronteras cerradas... El relato es falso pero la gente prefiere comprar la promesa del paraíso que les será otorgado sin mover un dedo. El éxito electoral de la derecha tiene muchas causas. Surge de la ignorancia, de una educación deficiente, de la manipulación informativa, del sometimiento a las redes, del cansancio ante la corrupción y de la sensación de que nadie escucha a la gente común. Muchos ciudadanos no votan necesariamente por "amor al puño de hierro". Votan porque llevan décadas sintiéndose ignorados. La opción autoritaria entra precisamente en ese vacío y promete lo que los partidos tradicionales ya no parecen poder ofrecer: control, claridad y orden. Pero nadie se pregunta a cambio de qué. Los medios de comunicación y las redes sociales desempeñan un papel muy importante. El panorama mediático en muchos países está fuertemente concentrado en manos de grupos económicos y élites políticas. Así, las voces conservadoras, favorables al mercado y contrarias a la izquierda suelen tener más peso en el debate público. A veces, casi un monopolio. Muchos influencers, que viven muy bien de monetizar todo lo que hacen, difunden ideas de derecha en internet y desprecian la cultura. Las redes sociales son decisivas en este sentido: para un alto porcentaje de la población el lodazal de las redes sociales constituye la principal fuente de noticias. Donde ganan las derechas populistas las instituciones se debilitan, los derechos y las libertades se recortan y la ira se acumula. La democracia sigue funcionando en la superficie, pero por debajo se resquebraja. Tras las elecciones una mitad gana por poco, la otra queda atrás con resentimiento y se siente excluida mientras se aplican políticas revanchistas, contrarias al interés público, xenófobas, homófobas... Lo que queda es división, estancamiento económico y bloqueo político. Las élites ganan y los demás pagan las consecuencias. A veces, de manera irreversible. Trump acaba de anunciar, bajo la apariencia de una medio broma, que se presentará a un tercer mandato. Eso lo prohíbe su constitución. Pero, qué más da.
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