Estoy harto de que apesebrados periodistas, víctimas de su propio sesgo ideológico, al referirse a la cascada de procesos electorales que por todo el mundo están encumbrando al neofascismo hablen meramente de alternancia ante la formación de gobiernos de extrema derecha o con su participación. Eso es permanecer deliberadamente ciego o, peor, disfrazar de normalidad democrática lo que no lo es. El problema es que no aprendemos del pasado. Tanto Hitler como Mussolini llegaron al poder en contextos de apariencia democráticos, aunque ninguno lo hiciera tras ganar las elecciones. Y ambos, tras formar gobierno, acabaron eliminando por completo el sistema democrático e implantando dictaduras fascistas. Actualmente, además de los partidos ultras, existen fuerzas cuyo propósito es liquidar la democracia liberal. Y, con ella, el estado de bienestar, los derechos humanos, las libertades ciudadanas y el respeto a las minorías. Y, ya puestos, abolir las preocupaciones ecológicas, humanitarias y éticas en general decretando la inexistencia de problemas y señalando como revoltosos a quienes plantean tales cuestiones, a los diferentes y a cualquiera que levante la voz para protestar contra los desmanes del sistema. Su programa es rudimentario, pero bien clarito para cualquiera que no mire hacia otro lado. Una política económica ultra liberal, y cuyo objetivo es acelerar el proceso de acumulación de capital. Esto exige suculentas rebajas de impuestos a grandes empresas y fortunas, asociadas a una disminución del gasto público que dejará en cuadro los pilares del estado de bienestar. Sanidad y educación, pensiones estatales y ayuda a la dependencia corren el riesgo de ser enterradas. Se fomenta la sensación de ingobernabilidad, inseguridad y exceso de reivindicaciones, combinándolas con fuertes dosis de populismo punitivo. La idea es construir un consenso de masas favorable al autoritarismo y a la desarticulación de las instituciones del Estado. El feminismo, los colectivos LGTBI, los inmigrantes, los disidentes políticos y sindicales, la prensa independiente o las ONG contestatarias, incluso las que simplemente ayudan a los necesitados -como Cruz Roja- acaban señaladas como enemigos del pueblo. Escindiendo a los ciudadanos, creándoles burbujas ideológicas, enfrentándolos unos con otros, privándoles de la solidaridad y el diálogo éstos caen presas de sus temores íntimos, alienados de la realidad social, quedan a merced de los manipuladores y los sembradores de odio. Sin autonomía ni identidad, el sujeto delega la tarea de pensar. Y como dijo Francis Bacon: "Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde".
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