Desde hace más de 500 años los países occidentales se han dedicado a esquilmar los recursos naturales de los "países pobres" y, en "sus" colonias, utilizaron mano de obra forzada o esclava para enriquecer a sus élites, empobreciendo así a aquellas. El reparto arbitrario de fronteras (como en la Conferencia de Berlín para África) destruyó estructuras sociales e impuso divisiones que provocaron conflictos étnicos y civiles que duran a día de hoy. Cuando terminó el colonialismo clásico, el capitalismo impuso el neocolonialismo económico, donde las instituciones financieras internacionales y los tratados de libre comercio a menudo favorecen a las empresas occidentales, manteniendo a los países en desarrollo como simples proveedores de materia prima barata. Y, por si fuera poco, los intereses geoestratégicos, económicos y políticos de las potencias occidentales han provocado continuas intervenciones militares, directas o indirectas, en regiones como África, Medio Oriente o América Latina, que desestabilizaron gobiernos para instalar corruptas dictaduras, dañaron infraestructuras y crearon crisis humanitarias que forzaron migraciones masivas. Solo tenemos que pensar en Irak, Siria, Libia, Líbano, Afganistán o muchos países de África o América Latina. Gobiernos y grandes multinacionales occidentales siguen saqueando los recursos de estos países y, a cambio, dejamos a sus poblaciones a merced de la miseria, la violencia y el dolor. Ahora, empujada por el auge de la miserable e inhumana ultraderecha, Europa restringe sus posibilidades de entrada, endurece las condiciones de estancia y admite los procesos de expulsión masiva. Pero hasta los más recalcitrantes adeptos de la estúpida teoría del Gran Reemplazo, saben que, aunque solo sea como mano de obra barata, los inmigrantes son imprescindibles. Ellos se debe al descarado uso de la inmigración con fines electoralistas. Pero también a algo que no nos cuentan: No es solo que "no quieran que lleguen". Es que, sobre todo, "no quieren que salgan". Las políticas extractivas neocoloniales exigen mantener en los países pobres grandes bolsas de mano de obra necesitada para que sea muy barata. Y si la bolsa se desinfla las empresas neocoloniales tendrían que subir los salarios. Además, los inmigrantes que trabajan en países que reconocen derechos laborales, son un mal ejemplo para los que se quedan. Y, por último, las remesas de los inmigrantes favorecen la posibilidad de crear "bolsas de resistencia" en hipotéticos conflictos laborales. Malas noticias para las empresas saqueadoras. Así, a los emigrantes de ahora, los náufragos de la globalización, los echamos de aquí para que puedan ser más y mejor explotados allí. Privatización de las fronteras, criminalización del migrante, subcontrata en países vecinos y un cínico mensaje: lo hacemos para mejorar la vida de los nacionales. Quizás por eso han pulverizado el estado del bienestar, machacan los servicios públicos, se oponen a la mejora de salarios o pensiones, sueñan con retrotraer los derechos laborales a los años 60 o no mueven un dedo para solucionar el problema de la vivienda. A ver si la gente se entera de que el enemigo viaja en yate o avión privado, no en patera.
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