jueves, 11 de junio de 2026
Oficio: apuntalar fragilidades.
Tengo un nuevo oficio: consiste en amontonar trocitos de luz y fingir un sol. Es un oficio simple, pero que exige no desplegar nunca el mapa de tus daños. Los daños personales, claro, pero es que éstos están conectados al daño genérico (si se pudiera hablar de un dolor general, común) gracias a la red invisible que compartimos, llámese tiempo, llámese ilusión, llámese miedo, llámese incertidumbre o esperanza. Este oficio exige recuperar la linea casi borrada que hilvana el mundo y sus peligros. Y también observar sereno las heridas, ya sin sangre, pero aún con dolor. No se trata de hacer un espectáculo del daño, tampoco un ejercicio de exuberancia de la resiliencia, sólo de ser honesto y releer con calma ese papel que aguanta a duras penas la catarata de cicatrices cosidas, heridas recientes o abismos de nostalgia. Y eso exige tiempo, pero no más que el que uno necesita para aprender su nombre. Tiene que convertirse uno en experto para apuntalar fragilidades. Fragilidades básicas, como podarte cada mañana hasta convertirte en un bonsái para tratar a los demás. O caer por el hueco que se abre entre tu corazón y tu edad. O la de doblar y guardar con cuidado, en un cajón, la palabra miedo. O componer toda una vida con una suma de parches. Familia, amor, identidad, trabajo, muerte son parte de esa fragilidad que compartimos, una aluminosis vital que pone en peligro la estabilidad del edificio que, pese a todo, resiste. Así que voy a seguir amontonando trocitos de luz para fingir un sol. Solo espero que ninguna nueva fragilidad me proyecte sombra.
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