Me gusta la literatura que no acaricia, que no acompaña amable, que no ofrece consuelo; que se queda en el lugar donde la palabra todavía duele porque no ha sido domesticada. No debería dejarse al arbitrio de lo fugaz la frágil sustancia del lo narrado. La literatura no tiene que estar hecha de imágenes brillantes, sino de pensamiento en carne viva, ese que respira, se equivoca, retrocede y vuelve a intentar decir lo que pretende. Debería existir una ética del lenguaje. No todo vale. No todo puede decirse de cualquier manera. No todo debe decirse. O mejor dicho, no todo merece la pena decirse. La literatura debería enseñar las formas de estar en el mundo. Entiendo que es un objetivo incómodo, porque no acepta atajos. Porque no embellece lo que no lo es. Porque no convierte el libro en un lugar amable, pero si en un lugar verdadero. En tiempos de ruido, la buena literatura no grita. Resiste, como resisten ciertas telas: sin romperse, pero sin ceder. Y tal vez por eso permanece. Porque no busca gustar. Busca otra cosa: sostener un pensamiento y una mirada limpia cuando todo alrededor invita a cerrarla. Busca descubrír la fuerza, el dolor y el amor, la belleza y la resiliencia de un lucha justa y necesaria. Desde el río hasta el mar, desde la honestidad y el trabajo, a la solidaridad y la entrega. La pluma del escritor debería ser como la aguja que borda sobre la tela la memoria y el amor de un cuerpo y una mente que resisten, hilo a hilo, como quien escribe un poema sin papel. Y en el interior, el mundo. Todo libro debería abarcar ambos lenguajes —el del hilo y el de la palabra— y los dos alzarse contra el odio, la indiferencia, el egoísmo, la insolidaridad, la guerra, contra el olvido impuesto, contra cualquier forma de violencia humana. Amar, entonces, es resistir: cuidar del otro, del cercano y del distante, como quien protege un bordado antiguo que aún late, rojo y vivo, bajo la historia herida. Qué placer leer cosas como: "Qué tremendo engaño eso del esfuerzo, esa república dialéctica de que nos hace libres el trabajo cuando es fácil darse cuenta de que todo son daños colaterales, o una pequeña muerte cotidiana que produce tan sólo desánimo de lucro". En fin, que sólo busco que un libro acompañe la soledad buscada, que no se niegue a utopías ni quimeras, que remanse el flujo de la vida aunque revoluciones el pensamiento.
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