jueves, 16 de julio de 2026

Labrarse el futuro

Hubo un tiempo donde no se hablaba de futuro sino de porvenir. Esta palabra se utilizaba para referirse a la esperanza, las expectativas o la fortuna que aguardaba a una persona. Había que "labrarse un porvenir". El horizonte y la esperanza, lejos de ser un mero paisaje, eran una invocación al cambio. Entonces, el futuro no se esperaba como una consecuencia inevitable del paso de las horas; se reclamaba como una conquista. La paradoja, sin embargo, estalla al advertir que los sectores más reaccionarios de la sociedad también reclaman el futuro, aunque sus promesas no apuntan a nuevos tiempos. Cuando la ultraderecha se apropia de la necesidad de cambio, logra atraer a jóvenes que aplauden la promesa de un "renacer" que mira hacia un pasado convenientemente ficcionado. El problema es que la la nostalgia ha desplazado a la esperanza como emoción políticamente productiva, sustituyendo el deseo de porvenir por el apego a un pasado imaginado, convenientemente sometido a filtros y photoshop ideológico. Es inquietante que tantos jóvenes busquen su porvenir a través de una mirada nostálgica al pasado. Aunque quizá debamos hablar de melancolía en vez de nostalgia. Melancolía como tristeza vaga, profunda y permanente, a menudo sin causa aparente, que provoca apatía y desgana. Qué, a diferencia de la tristeza común, se caracteriza por una añoranza persistente por el pasado y la incapacidad de disfrutar el presente. En este sentido, la melancolía es una herida abierta y paralizante. El melancólico no sabe exactamente qué ha perdido, porque lo que añora es una ilusión. Y, en este caso, una falsedad que otros fabrican con fines políticos. La melancolía, entonces, no extraña el ayer por lo que fue, sino por lo que bocas interesadas le dicen que fue. Es la falsa conciencia de una pérdida que no existe realmente, que solo forma parte de la memoria ficticia que algunos fabrican para exaltar su ideología. La gran tragedia es que esa parálisis melancólica ha terminado por parasitar a quienes menos pasado tienen para recordar: la juventud. Esa cuyas biografías se han cincelado a golpe de desempleo crónico, de pandemias, de alquileres inalcanzables y de la sospecha de que eso de la "escalera social" es una trola. Es en ese sustrato donde florecen posiciones como las de esos jóvenes que añoran un franquismo que nunca vivieron y que desconocen a nivel de ignorancia profunda, o de influencers de la "retrofeminidad" que monetizan su vida en Internet. Estas formas de estar en el mundo sólo pueden entenderse como una reacción a la cancelación capitalista del futuro. El gran logro de la ultraderecha reside en su capacidad para redirigir la angustia por el presente, eximiendo de culpa a las dinámicas devoradoras del capital para arrojar la sospecha sobre la izquierda y el progreso. Pero mirando una foto tan antigua como falsa no nos vamos a labrar un futuro.

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