En su aconsejable libro "Si esto es un hombre", Primo Levi menciona el caso de un presidiario en Auschwitz que, pese al terror cotidiano del campo de concentración, casi se podía decir que era feliz. Dentro de la pesadilla, aquel hombrecillo pequeño, feo y contrahecho, defenestrado para la vida social, sabía sobrevivir mejor que nadie, y eso daba sentido a su vida, lo situaba por encima de los demás en su misma situación y le proporcionaba una senda clara. Eso le llevó a simpatizar con sus verdugos nazis que, sin querer, habían dado un sentido a su vida. He considerado siempre héroes a los supervivientes de Auschwitz. Pero hay algo que me inquieta. Si sobrevives al infierno, la sabiduría emocional es un premio merecido, una sabiduría que preferirías haberte ahorrado, claro, pero sabiduría en mayúsculas. De hecho, algunos supervivientes de Auschwitz alcanzaron tal grado de sabiduría que terminaron suicidándose. No en el Campo -donde sólo podían pensar y actuar para sobrevivir-, sino cuando tomaron conciencia de que quienes -como ellos- habían logrado salir vivos no siempre fueron los más nobles, ni los más humanos, ni los más honestos. A esos se los había tragado el nazismo. Las reglas del campo de concentración eran tan perversas que castigaban cualquier virtud humana. Así, la trampa, la maquinación, el egoísmo se volvían necesarios para aguantar un día más, una hora más, un minuto más. Había que robarle las botas a aquel, la comida a este otro, delatar al compañero. Tú te salvabas, pero ellos morían. El superviviente arrastraba una losa: la culpa. Esto me inquieta mucho porque me puede llevar a destruir a un héroe, a otro más. Por eso me refugio en la idea de que quién soy yo para juzgar las acciones de los que, en el infierno, jugaban cada día una partida con el horror y la muerte.
domingo, 31 de agosto de 2025
Objetivo: auto machacársela
La vida, al final, es un regalo que solo adquiere dimensión con la nostalgia, cuando se va quedando atrás. Pero, antes, necesita también cobrar sentido mediante un propósito. Si no, todo es confusión y zozobra. Hasta aquí, todos de acuerdo. Menos, quizá, los negacionistas del acuerdo. Todo el mundo necesita construirse un camino, aunque sólo sea por razones de supervivencia. El problema es que hay personas dispuestos a destruir lo que sea, a pisotear a quien sea, con tal de construirse un camino. Supongo que prefieren atacar poblaciones o países, asesinar inocentes, matar a niños de hambre o joder al prójimo antes que ir al psicólogo. Todas las atrocidades del mundo tienen detrás el plan de vida personal de algún personaje turbio, aunque la sangre derramada se justifique con palabras grandilocuentes: seguridad, patria, libertad. Palabras que en su boca permanecen vacías de contenido y apestan a cinismo. Esas personas creen estar persiguiendo un objetivo, pero en realidad son adictos al camino, aunque sea a costa de los demás que, casi siempre, son los más débiles, lo que confirma su corrupción moral y su naturaleza cobarde. El camino -el suyo- les conforma. Lo único que deberíamos pedir, salvo fuerza mayor, es que ese caminar en busca de un sentido vital sea pacífico. Aspirar a escribir novelas que no interesan ni a tu familia, por ejemplo, es un objetivo plausible, pues sólo generas daño emocional en círculos muy reducidos. Yo sólo espero que cuando vea a uno de estos desalmados con dos piedras en la mano su objetivo vital inmediato sea auto "machacársela".
Otra vez intentando escribir sobre Gaza
Dijo Chantal Maillard, premio nacional de poesía y filósofa: "Escribo para que el agua envenenada pueda beberse”. Pero, cada vez más, me pregunto si puede de verdad la escritura limpiar lo emponzoñado, depurar el mal. Poner sobre lo atroz el foco de la lengua nunca es suficiente. El decir no transforma aquello que ilumina. No modifica la realidad material. El decir de cada uno, eso aislado y pequeño que sale de las bocas o las teclas, por más que nuestra voluntad sea otra, no va a cambiar el mundo. El único modo de amplificar una voz lo suficiente para que pueda ser escuchada es sumarla a otras voces, diluirla en un coro. Sin embargo, algunos escribimos (si a esto que yo hago se le puede llamar escribir). Quizá lo hagamos bajo el disfraz de la salvación o el compromiso, pretendiendo a menudo que eso nos exima de nuestra propia ruina moral. Al menos, que nos distancie de quienes no están diciendo nada. O como un escudo que consiga apartar los golpes con que nos sacude la realidad. Visto así, a veces pienso que empecé a escribir para dar respuesta a las preguntas que me trituran y me tajan el cuerpo; para darle a la mente suelo y tiempo; para desviar el filo de la realidad de mi carne. Pero ¿qué pasa con los cuerpos de los otros, con los cuerpos que están siendo sajados por ese mismo filo sin poderlo esquivar? Me planteo estas cosas al tiempo que me propongo escribir sobre Palestina, otra vez. Maniobro con mis contradicciones, sospecho de mi propia intención. Vivo doblado sobre mí. Me encojo para intentar librarme de la culpa. Rememoro todo el tiempo imágenes terribles, como si sobreexponerme al horror lo pudiera evitar. Trato de convencerme de que en esta militancia de andar por casa el monstruo decrece. Pero sé que no es verdad. Y a pesar de lo inútil, persisto en el gesto, aunque sé que se vuelve aspaviento en la insistencia y que, por mucho que persevere, no logro ni aliviar su inutilidad porque lo único que no admite duda es que el mal sigue creciendo.
viernes, 29 de agosto de 2025
Proyecto agosto
Lo confieso, por mi apuesta por la rebeldía, por ir a la contra, por alterar las estadísticas de la gente que sigue a Vicente, he decidido -a punto de acabar agosto- hacer una lista de cosas que puedes hacer en agosto. Y me ha salido la siguiente parida: Autofabricar horchata. Meditar sobre por qué un Dios bondadoso hizo seres capaces de sudar. Fingir que vas a leerte, por fin, el Ulises de Joyce. Comer higos frescos; a ser posible, robados. Fantasear con las refrescantes lluvias de octubre, calar sandías y melones en el supermercado, dormir hasta que el puto calor te despierte. Sentarte en el jardín -como concepto general- al caer la tarde, fumar tabaco aromático, llevar sombrero panamá, calzar alpargatas y respirar el aire salino de la costa. Desmenuzar con las manos salmonetes fritos, rechupetear coquinas, dormir siestas larguísimas ante el zumbido de un ventilador. Levantarte a las seis de la mañana a correr.., la cortina. Darte baños pausados, releer a Manrique, jugar al cinquillo, aprender castellano antiguo, huir de los best seller, guisar chipirones encebollados, echar en falta a los que no están mientras recuerdas quienes son. Aprender relojería, borrar de la agenda a todos esos que tienes que recordar quiénes son, escuchar fandangos cabales, mirar por la ventana distraído, tocar la flauta, no tocar la trompeta, caminar descalzo por el suelo fresco, majar salmorejo en el mortero, repasar la lista de los Reyes de Navarra y Aragón. Plantearte si tras la vida terrena hay una vida ulterior para, después, discutir sobre la resurrección de la carne. Charlar con viejos amigos sobre asuntos mundanos, visitar a los muertos de otros, murmurar canciones de los payasos de la tele. Limpiarte en servilletas de tela, morder tomates maduros, ver películas malas cabeceando de sueño, recoger jazmines al caer la noche, frotarte un poco de yerbabuena en las manos, dar pan a los gorriones. Recordar los placeres de la infancia. Dejar, lentamente, que el día pase sin mirar la hora. No leer, ver ni escuchar los medios de desinformación e intentar ser vagamente feliz.
miércoles, 27 de agosto de 2025
Viajes de duelo
Hasta hace poco un viaje nos llevaba hacia el descanso, la aventura o el descubrimiento. Pero ahora... Los lugares marcados por la tragedia se han convertido en rutas turísticas: campos de concentración, memoriales de guerra, zonas arrasadas por desastres naturales... El “turismo de dolor” no es nuevo, pero hoy se multiplica y adquiere tintes grotescos. Cada catástrofe se convierte, poco después, en un destino visitable, en un punto del mapa donde el horror se transforma en atracción. Visitar determinados lugares es un modo de memoria, de acercarse a lo que duele para no olvidarlo, para reconocer el horror y sostenerlo en la conciencia. Visitar Auschwitz fue para mí una forma de enfrentar de manera directa la magnitud del genocidio, sentir en el propio cuerpo la huella de un crimen contra la humanidad. Lo mismo me ocurrió visitando la Fábrica de Schindler o los cementerios militares en Normandía. Ir allí es un modo de decir “esto ocurrió, y no debe repetirse”. En ese sentido esas visitas son también un acto político. Para mí lo fue. Fue habitar y situarme en la historia, en el dolor. Pero esa dimensión se ve ahora contaminada por la lógica del espectáculo y el consumo. Las redes sociales multiplican selfies frente a cámaras de gas, sonrisas en lugares donde se exterminó a miles de personas, rostros con morritos ante un decorado de miles de sepulturas, poses alegres sobre ruinas humeantes. El dolor se convierte en fondo de pantalla, en "chulada" compartible, en trivial emoción para provocar el me gusta. La industria turística ha sabido explotar esa moda. Así el horror se reduce a escenografía, a experiencia generadora de "nuevas" emociones. Y el dolor se privatiza, se convierte en una experiencia que se compra y se consume, perdiendo toda su potencia ética y convirtiéndose en simple entretenimiento. La autenticidad se erosiona cuando el dolor se masifica, cuando las lágrimas se mezclan con las colas de entradas, las audioguías y las cafeterías de los memoriales. Visitar los lugares del dolor debería ser un acto de resistencia contra el olvido, no una postal para sumar al archivo del viaje ¡Qué pena!
La nueva lucha de clases
La lucha de clases no ha desaparecido. Solo ha cambiado de escenario. Antes era la lucha entre los explotadores y los explotados, entre los dueños de los medios de producción y los obreros que venden su trabajo a cambio de un salario. Ahora, los "de arriba" han conseguido reclutar a muchos de los "de abajo" para que luchen contra los de más abajo. Hoy la lucha de clases se libra entre quienes venden gafas en la playa o recogen verduras en un invernadero y los que tienen trabajo inseguro, hijos titulados sin vivienda, pensiones mediocres o son egoístas sociales. Pero todos éstos luchan, sin saberlo, para quienes venden el país desde un despacho. Al final, los que arriesgan su libertad por cinco euros son víctimas de las grandes empresas del IBEX, de la banca, de los que se llevan sus capitales a paraísos fiscales, de los vecinos de los barrios de Salamanca de cualquier pueblo o ciudad, de quienes se enriquecen con contratos públicos amañados. Pero la tropa descamisada y la que defiende su título de clase media como un certificado de limpieza de sangre, también son víctimas de la clase dominante. Se persigue al pobre (el que no es rico), se protege al poderoso. Se criminaliza la necesidad, se blanquea el privilegio. Y mientras tanto miles de migrantes, el nuevo lumpen proletariado, formado por manteros, repartidores en bicicleta, camareros con contratos de mierda, cuidadoras que sostienen vidas ajenas, recolectores que llenan nuestras mesas, obreros que levantan edificios que nunca habitarán... son combatidos por trabajadores que ahora no quieren llamarse obreros. Los he visto este verano. Son los invisibles que hacen posible la fiesta. Los que no salen en las fotos, pero sin los cuales no habría celebración.
martes, 26 de agosto de 2025
Tiempos de locura
La enfermedad mental es la pandemia de nuestros días. Es un problema porque tenemos miedo a los "locos" y, precisamente miedo, es lo que nos sobra. No sé si la gente tiene tanto miedo porque enferma mentalmente o es el miedo el que induce la enfermedad. En Oriente, se respetaba a los locos. En Occidente, se les temía. Quizás porque la Iglesia, siempre tan preocupada por atemorizar a la gente, consideraba la locura como producto de la posesión demoníaca, ante lo que sólo quedaba la reclusión y la tortura. A esta sociedad le faltan psiquiatras y le "sobran" personas con patología dual: psicosis, paranoias y pedradas varias, mezcladas con el consumo de alcohol o de narcóticos. La realidad social tampoco ayuda, sumiendo a mucha gente en una depresión recurrente. Pero lo peor -insisto- es cuando la locura se convierte en colectiva. Ya la vivimos antes: cuando las brujas poblaron los bosques de la intolerancia y se pusieron de moda los inquisidores que encendieron sus piras; cuando decretamos las guerras santas y las cruzadas para convertir a los infieles y salvarles, aunque para ello fuera necesario el degüello de una espada templaria o de una cimitarra sarracena; cuando el crack del 29 provocó que los empobrecidos decidieran votar con sus "uvas de la ira" al Partido Nazi de Alemania; cuando los judíos decidieron volver a "Sión" con las escrituras de propiedad de la Biblia, para expulsar o masacrar a los palestinos; cuando los comunistas aplaudieron que Stalin "purgase" a los disidentes. Hay más ejemplos y todos son vomitivos. Todo eso ocurre cuando la ciudadanía se deja devorar por la masa y está volviendo a ocurrir. Los consumidores de televisión, como el principal ocio de los pobres, los que creen que la vida es una tertulia a primera sangre, los que creen tener la razón todo el tiempo..., ansian soluciones fáciles para problemas complejos, sin llegar a comprender que lo más fácil que ocurra es que los charlatanes que le venden el elixir milagroso les engañen, se queden con su dinero y acaben provocándoles más problemas de los que ya tenían. La inteligencia tiene muchas limitaciones. La locura, casi ninguna.