Cómo en el título del libro de Colm Tóibín, vivimos en el tiempo de "La mirada cautiva". Y si nuestra mirada no es libre, nosotros tampoco. Eso dificulta la felicidad. Pensémoslo. La primera mirada del día ya no es al despertador, ni a la ventana. No es al cielo, ni a la persona que duerme a nuestro lado. Es a una pantalla. Nos despertamos y miramos el móvil. Desayunamos y miramos su pantalla. Caminamos y miramos el aparatito. Tenemos un descanso y volvemos a sumergirnos en ese pozo sin fondo. Almorzamos con una mano en la cuchara y la otra en el móvil. Nos acomodamos delante de la tele empuñando el smartphone que, insaciable, reclama continuamente nuestra atención. Nos acostamos y la última luz que vemos en el día también es una pantalla. Nunca en la historia de la humanidad habíamos tenido tanto acceso a la información, a la comunicación y al entretenimiento. Y, sin embargo, nunca habíamos estado tan distraídos, tan cansados y, paradójicamente, tan solos. Nunca habíamos tenido tanto acceso al mundo y, sin embargo, nunca había sido tan difícil estar presentes en nuestra propia vida. De hecho hay gente que carece de ella al margen de sus pantallas. La tecnología de las TIC apareció como una gran promesa de libertad. Todavía hay gente que lo cree. La posibilidad de acceder al conocimiento, de comunicarnos con cualquier persona en el mundo, de trabajar desde cualquier lugar, de aprender de manera autónoma. Todo parecía indicar que la tecnología ampliaría nuestra autonomía, nuestra libertad y nuestras posibilidades de vivir mejor. Pero una golondrina no hace verano y hoy estamos empezando a descubrir que la tecnología no solo nos da herramientas, también, sin darnos cuenta, moldea nuestros comportamientos, emociones y deseos a través del algoritmo, ese instrumento de manipulación discursiva, casi invisible, a través del cual se orientan nuestros deseos. Eso sí, a costa de la dificultad para estar presentes: Nos cuesta leer sin interrupciones, nos cuesta sostener una conversación larga, nos cuesta concentrarnos, nos cuesta estar en silencio. Y sin atención, sin presencia, es muy difícil construir una vida que podamos llamar feliz. Ante ello, resistencia. Resistencia es volver a prácticas simples, como las de leer con atención, conversar sin pantallas, caminar sin audífonos, agradecer lo que ya existe, aprender a estar en silencio, elegir con más cuidado lo que vemos, lo que consumimos y lo que deseamos. Hace 4 millones de años, en el proceso de hominización, liberamos la mano. Eso nos permitió un desarrollo cerebral significativo. Volvamos a hacerlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.