Casi madrugamos más que los pinos
para vestirse de verde,
y con el sueño a cuestas hacemos un nido
con las sábanas blancas pegadas
a un alma que se despereza,
para después comprobar
que el verde del camino
deja de ser una incertidumbre poética
para convertirse en el ahogo de todos los males,
aún desconociendo el nombre exacto de las plantas.
Hoy estaba la mañana despeinada
de todos aquellos colores inacabados
que duran lo que el parpadeo de un recuerdo.
Y mirando el camino recordé esa frase
escrita a tiza sobre la acera de mi infancia.
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Siempre soñé viajar
hasta donde lloran las rocas,
hasta donde el eco de los gritos
no vuelve en una vida,
a la caverna oscura del amor,
donde las criaturas se devoran,
donde hay musgo que brilla en la humedad,
donde suenan las gotas, siempre lejos,
donde ya no conoces
ni el porqué ni el propósito del viaje.
No hay sitio ya en el cielo de hormigón;
no hay nada al otro lado de lo conocido.
Todo es una ciudad o una ruina acordonada.
Baja entonces conmigo hasta nosotros,
hasta el fondo sin fondo que ya intuyes
que es el destino que siempre nos espera.
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