jueves, 27 de agosto de 2026

Hacer turismo no es viajar.

Dijo G. K. Chesterton que "el viajero ve lo que ve y el turista ve lo que ha ido a ver". Y yo añado: y a veces ni eso. Seguimos hablando de viajar pero urge distinguir entre viajar y hacer turismo, pues cada vez más estos conceptos se parecen como un huevo a una castaña. Las mejores muestras que concentran historia, arte y cultura en el mundo, llevan camino de terminar convertidas en un monstruoso parque temático. Constantemente vemos el ir y venir, sin rumbo ni meta propia, de masas informes de cuerpos apelotonados a través de cualquier monumento o conjunto monumental. De los destinos de sol, playa y excesos gastronómicos y etílicos, mejor no hablar. Hoy cualquier sitio es válido para los rebaños itinerantes de turistas, esa marea de visitantes que no prestan la más mínima atención a lo que están viendo. Siempre, móvil en mano. Exquisitas exposiciones; lugares sagrados, religiosos o no; imponentes monumentos o espectaculares paisajes, son frecuentados con el mismo espíritu con el que se pasea por Ikea una tarde de sábado. El recuerdo, en Auschwitz, es mancillado a diario por multitudes ignorantes. Y la zona de acceso al Everest parece la cola para subir a una atracción de feria. Y todos, todos los que participan de la jauría, creen estar viviendo una experiencia única. Por mucho que se intente ocultar o disfrazar, es patente que la industria turística, cuando solo persigue la obtención rápida e intensa de lucro, es un factor depredador y desestabilizador. Aun así, hay almas falsamente cándidas que se extrañan de que en algunos lugares estén hasta el gorro de turismo. En este panorama atroz convergen la carencia de educación y de neuronas de muchos turistas, la insensatez de una hostelería dispuesta a cualquier abdicación moral en busca del euro, y la dejación de funciones de unas autoridades a las que en este tema solo parece preocupar el número de pernoctaciones y el correspondiente gasto per capita. Y siempre están ahí los aciagos predicadores de siempre que exigen a los damnificados por la plaga de pisos turísticos y demás lacras ligadas a este azote que sufran en silencio por el "bien" de la economía nacional. Y esos otros que mandan callar a los trabajadores que sufren las indignantes condiciones laborales que rigen en este tan puntero sector de la economía, con el sólido argumento de que "la gente no quiere trabajar". Antes, el turista sólo se llevaba recuerdos. Ahora sólo deja huellas, masificación, suciedad, ruido, problemas y hartazgo de mucha gente.

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