Este mundo es, cada vez más, umbral hacia el precipicio y delirio colectivo. Un gran escenario de atrezo, un ejercicio de buceo en apnea donde casi nadie bucea, una búsqueda donde nadie busca, un ensayo continuo donde cada vez menos cosas se hacen de una manera honesta y sin ahorrarse nada. Navegamos por un laberinto de imágenes, de espejos derretidos, intentando romper con la linterna del móvil la oscuridad con sus pasadizos mientras nos perdemos en la multitud de capas de la realidad. Ya no quedan apenas lectores enfrascados en un libro bajo cualquier sombra que se encuentre en los días de fuego. Todos huyen ante un libro que sea una selva de preguntas que no se acaban. Ya no nos preguntamos lo que deberíamos: ¿Quién soy hoy? El agua de mis labios se quedó en el interior de alguna piedra. Lo sé porque si la muevo se escucha girar por dentro y para siempre. ¿Qué soy entonces? Ya no sé si soy un monstruo porque no encuentro agua donde reflejarme. Así es como ocurren las cosas. Pero vosotros ya no conoceréis este desierto porque hoy es ya sólo una voz que hablaba sin idioma. La gente ya no soporta las dudas porque cree que le parasitan la mente. Y necesita en ella espacio para llenarlo de ideas accesorias. La gente ya no quiere dudas y se dedica a comprar las certezas a los mercachifles y los sacamantecas. Habitamos un mundo acosado, onírico y en algunos casos surrealista que en algunos momentos llega a asfixiarnos. ¿Y qué nos queda? Quizá sólo pasear por las catacumbas con una única antorcha, y al final, de un soplo, apagarla, o atravesar la planicie bajo el sol y girar un poco la mirada para percibir el hueco donde podamos refugiarnos. Este es el umbral de la resistencia. Quizá sólo ya quepa hablar para lanzar cables salvavidas y para suturar el vacío que se abre por dentro, para reconocer la oscuridad que nos habita y pretender derrumbarla.
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