Antes, la gente que se aburría se distinguía por estar de pie, con las manos en los bolsillos y mirándose la punta de los zapatos. Ahora la gente no se aburre: está sentada, de pie, tendida, o lo que sea; tiene las manos en un smartphone y mira de todo menos el mundo que le rodea. Son los tiempos. Así nos va. A todos nos convendría levantar la cabeza. Y, sobre todo, mirar. Mirar lejos. Han conseguido que vivamos obsesionados con la actualidad. Con la declaración de esta mañana, el escándalo de esta tarde, el bulo de esta noche y la polémica que habrá cambiado mañana. Han convertido la información en una especie de máquina tragaperras: metemos nuestra atención, tiramos de la palanca y esperamos que salga indignación. A veces sale miedo. Casi siempre alguien gana con su manipulación. La actualidad está sobrevalorada porque confunde movimiento con dirección. Han logrado que sepamos perfectamente qué ha ocurrido durante las últimas horas y que cada vez entendamos menos lo qué está pasando de verdad. Y eso es peligroso. Porque mientras discutimos sobre quién dijo qué o quién hizo o no hizo qué, el mundo cambia, los malvados se adueñan de él y los poderosos planifican como quedarse hasta con nuestra alma. Nos hablan de orden y están creando el mundo del desorden, del caos. Nos animan a atacar lo que nos ha permitido llegar a donde hemos llegado. De la mano de la socialdemocracia europea hemos construido algo excepcional: sociedades donde enfermar no significa arruinarse, estudiar no depende exclusivamente del patrimonio familiar o hacerse viejo no equivale necesariamente a caer en la pobreza. Oímos a los de siempre quejarse mucho y demonizar a Europa. Pero ésta sigue siendo probablemente el mejor lugar del mundo para nacer sin saber previamente cuánto dinero habrá en tu cuenta bancaria. El problema es que mantener ese modelo cuesta dinero. Mucho dinero. Y eso supone pagar impuestos para repartir solidariamente la riqueza. Y eso es lo que le jode a esta sociedad cada vez más materialista, más egoísta, más insolidaria, más estúpida. Yo quiero que la gente piense, que pensar no cuesta dinero. Pero, sobre todo, deberíamos empezar a exigir algo extraordinariamente revolucionario a nuestros gobernantes. Que sean ellos los primeros en pensar. No en las próximas elecciones. No en el próximo titular. No en el próximo vídeo de 20 segundos. No en el siguiente bulo que van a propagar. No, que piensen en los ciudadanos, en la vida de todos en los próximos 20 años. Sobre todo en los más débiles, en los más necesitados, no en los más poderosos, en los más ricos. Porque la Patria no es una bandera. Una bandera es un trapo de colorines. La Patria debería ser una gran familia donde los padres velan por todos, todos, sus hijos. Y donde todos colaboran y ayudan, sobre todo, a los hermanos más débiles o que más lo necesitan. Vivimos momentos difíciles. Habrá quien responda buscando culpables. Es lo más barato. Otros propondrán levantar muros. Otros -o los mismos- te convencerán de que la educación, la sanidad, las pensiones o la vivienda son cosas secundarias, que lo importante es la bandera. Pero lo importante es compartir destino.
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