Nunca he creído que EE.UU. haya sido jamás una verdadera democracia. Cómo puede serlo un país que mantuvo leyes de segregación racial hasta los años 60 y que todavía hoy sigue segregando socialmente. Un país que desde su creación ha vivido de las guerras, en muchos casos de exterminio. Un país que invade otros países cuando le viene en gana, que promueve y ejecuta guerras ilegales, que ha promovido golpes de estado, apoyado a sangrientas dictaduras, secuestrado o asesinado a líderes políticos extranjeros... Un país que no reconoce a la corte penal internacional, que muestra una creciente falta de respeto a los derechos humanos, que mantiene un apoyo incondicional a un estado genocida. Un país que mantiene centros de detención arbitraria e indefinida, como Guantánamo. Que mantiene la pena de muerte, que aplica inhumanas políticas anti inmigración, que se niega a aprobar leyes que evitan constantes actos de violencia con arma de fuego, que tolera la discriminación y la violencia contra las personas LGBTI, permitiendo incluso que la legislación contra ellas persista. Es, además, una sociedad bíblica tradicionalista, una sociedad en la que prima la venganza sobre la justicia, la violencia, el ojo por ojo, incapaz para la piedad. Una sociedad que lleva décadas promoviendo cazas de brujas contra los disidentes, persiguiendo policialmente a quienes defienden la democracia, la libertad y los derechos humanos, que habla de los que piensan o sienten diferente como enemigos a batir. Una sociedad que lleva años desprestigiando a quienes se dedican a la cosa pública y ensalzando a quienes no pagan impuestos o directamente roban. Un país donde, en los años 80, Isaac Asimov lamentaba su “cultura de la ignorancia”. Sólo así se puede entender que una sociedad confíe el gobierno a un tipejo del calibre de Donald Trump, un hombre que se cree enviado por Dios para retrotraer al mundo al tiempo de la Peste Negra. Un gobernantes de poca formación y menos escrúpulos. Una sociedad que ha elegido como su máximo mandatario a un verdadero loco, un malnacido, un loco de libro sin conocimiento diferente al de los ceros de las cuentas corrientes. El pueblo yanqui eligió hace un año y medio a un palurdo, a un canalla, a un ignorante de tal calibre, a un ególatra de tal tamaño que amenaza con destruir todo lo que toca. Los pueblos no son inocentes, tienen la obligación de informarse, de conocer, de saber en quien depositan su confianza. Son los únicos responsables de las calamidades que su decisión acarree. No sirven las rectificaciones, ni las disculpas, ni los "yo no sabía", porque todo el mundo, todo el que quiso, sabía que Trump era un perfecto canalla, un tipo sin escrúpulos, un niñato que ni sabe de política ni de derechos humanos, un salvaje malcriado.
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