Uno de los mayores errores que siguen cometiendo mucha gente sensata es el de pensar que votar es un acto racional, es decir, un acto que el ciudadano realiza en defensa de sus intereses, un acto incluso ético de dar su confianza a los representantes que cree más honestos y eficaces. ¡Qué error! El acto de votar en demasiada gente no es ya un acto racional, por el contrario, es un acto que mezcla emociones simples, sentimientos, en gran parte manipulados, apuestas simplemente estéticas o una ideología de todo a cien. Es, utilizando un término inglés, un "feeling", que podría traducirse por un sentimiento no meditado, incluso no muy bien auto-comprendido, que en todo caso posee una fuerza mayor que un voto razonado y reflexivo. "Programa, programa, programa", decía Julio Anguita. ¡Qué tiempos! Pero hoy los programas no se los lee prácticamente nadie. ¿Para qué, si hasta el payaso más imbécil puede acabar ganando? Pero, ¿de qué nos extrañamos? Desde siempre ha habido gente poco dada a pensar y que, por tanto, prefiere que se piense por ellos, ahí tenemos las religiones monoteístas, llenas de mitos y mentiras, llenas de sentimientos, de ideologías, que son ideas empaquetadas, a veces bien intencionadas, pero pensadas para los que necesitan una fé prêt-à-porter. Hoy es muy fácil engañar a la gente, pero muy difícil convencerla de que la han engañado. Ante este panorama, el voto se convierte en algo simplemente identitario: "voto a los míos", o como diría la mafia "a uno de los nuestros", aunque haya detrás un genocidio, aunque ni siquiera se sepa siquiera definir qué es una mujer. Se vota también por odio, aunque no se sepa muy bien la razón de ese odio. Se vota incluso por anhelar ser quién no se es. Y, a quién se vote es lo de menos. Se aplica aquél aforismo atribuido al secretario de Estado de Franklin D. Roosevelt, Cordell Hull, que dice: "es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta", y listo. Y así es como se encumbra a políticos cuya idea de futuro es la de mejorar el futuro para ellos y convertirnos poco a poco en un país de cazurros y mamporreros. Construir una sociedad, no liberal, sino pre-liberal, marcada por la desigualdad (oportunidad de negocio lo llaman ellos), la impunidad (libertad lo llaman ellos), con el apoyo no de la justicia, sino de la "gusticia", o sea, la justicia a gusto de los que realmente detentan el poder. Qué bueno sería que la gente aprendiera a pensar por si misma.
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