Decía José Manuel Caballero Bonald que "el que no tiene dudas es lo más parecido a un imbécil". Ahí lo dejo. Pero, desde luego, yo no confío en la gente que sólo tiene certezas, en los que no creen necesario hacerse preguntas. Aunque, a veces, pienso si preguntar sirve para algo. Me refiero a preguntar sin más. Sabiendo no solo que no tienes la respuesta, sino que, quizás, ni siquiera quieres encontrarla porque te da miedo. Incluso que eso no es lo importante ahora, que no es tiempo de preguntas y respuestas sino de actuar. Porque lo que ocurre, fundamentalmente, es que no las hay. Respuestas acertadas. Certeras. No hay. Aún así me pregunto. ¿Por qué impacta más el sufrimiento de una persona que el de un pueblo? ¿Dónde se enganchan los sufrimientos ajenos que nos duelen? ¿No es, en realidad, la historia de la humanidad una historia de masacres? Preguntas. ¿Cuántos gritos son necesarios antes de decir basta? ¿Cuántos silencios? ¿Por qué siempre tengo la sensación de que, ante una agresión, hubo alguien que no contribuyó a frenarla? ¿Desde cuándo la injusticia puede contar con multitudes? Preguntas. ¿Se puede vencer al odio? ¿Tiene más fuerza el odio o el amor? ¿Cuál ayuda más a la vida? ¿Cuál regala más noches de insomnio? ¿A quién?. No sé. Quizás. No sé. Tal vez. Preguntas. No hay respuestas. Sólo un balbuceo. Otra pregunta. Un titubeo. El balbuceo de una pregunta. Fundamentalmente titubeante. Una pregunta certera. Sin respuesta. No cualquier pregunta. Una que plantea dudas. Vacilaciones. Pero la gran pregunta es si el balbuceo de una pregunta sirve para algo. Tal vez. Quizás. Pero así no vamos a ninguna parte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.