Sucedió hace casi un siglo y vuelve a suceder ahora. La ultraderecha para llegar al poder necesita crear sociedades trastornadas por una combinación de odios, miedos imaginarios y confusionismo ideológico. Es una ideología que sólo prospera en terreno abonado por el trastorno colectivo: sociedades desorientadas, desesperanzadas por la incertidumbre y manipuladas por una maquinaria discursiva que sustituye la complejidad por la simplificación demagógica y la mentira. Ningún proyecto autoritario nació de la estabilidad. De ahí su obsesión por fabricar enemigos imaginarios: amenazas que no existen pero que logran resultar más reales que los hechos. La ultraderecha no necesita que exista un problema. Ya lo crea ella. Primero se inventa el peligro, después lo exagera con su propaganda y lo hace, no sólo real, sino prioritario para mucha gente. Cuando los demás partidos acuden a desmentir, matizar o rectificar, ya es tarde: la sociedad ya ha aceptado el terreno sobre el que se libra la batalla, con la inestimable ayuda de los medios ultras, los falsamente equidistantes y los que contribuyen a blanquear el fascismo. Las redes y los medios, necesitados de polémica continua, funcionan como altavoces voluntarios de la ficción. Cada réplica, cada comentario indignado, es una confirmación del guion. Y en el centro del escenario, los inventores del problema contemplan cómo el resto de actores giran en torno a su creación. La ultraderecha ha logrado colonizar el espacio del debate. La incertidumbre, abre una grieta en la realidad, la ultraderecha introduce su oferta de falsas certezas consoladoras mezcladas con una nostalgia por un pasado que nunca existió. Y lo hace siempre con un lenguaje de guerra cultural que niega toda racionalidad, apropiándose del léxico democrático para fines reaccionarios: llamar libertad a la explotación, patriotismo a la intolerancia, y sentido común al odio sistemático. La ultraderecha prescinde de razonar, de debatir, de convencer. Ellos sólo quieren aumentar el trastorno social hasta que la democracia pierda su sentido para liquidarla. Y lo están consiguiendo.
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