Cada vez están más presentes. Yo les llamo los futuros derrotados en su lucha por alcanzar la eterna juventud. Son ridículos Peter Pan de cuerpo, pasados de bótox, detox y ketamina. Hay un síntoma que a las personas que todavía no perdieron del todo la cordura por el narcisismo digital les advierte de que ya dejaron de ser jóvenes y están envejeciendo: sentir la muerte como un final inevitable, demasiado cercano, real. Llega antes o después. Y llega acompañada de una inquietud no pocas veces tortuosa: esquivar el sufrimiento, la agonía. Tener una muerte lo más digna y plácida posible. Por momentos, y dependiendo de las circunstancias, aparece el vértigo, la vulnerabilidad del hombre insignificante, el miedo. Por eso soy partidario del derecho que deberíamos tener a decidir la relación que queremos tener con la muerte. No hay mayor acto de libertad que decidir sobre tu propia vida. Lamento que algunos lo vean como un pecado supremo de soberbia contra su Dios, pues -entienden- solo Él es el dueño de la vida. Por eso -digo yo- tendrá derecho a cargarla de enfermedad, de sufrimiento, de dolor. De terminar con ella con una larga enfermedad, por hambre, con violencia extrema... El principio del derecho a decidir, en estado de lucidez, de cada persona sobre su vida - no debería cuestionarse y, mucho menos, ser vulnerado en nombre de una creencia o superstición. Debería ser un derecho de toda sociedad democrática y contemporánea, pero que sigue sin estar garantizado. A no ser, en este mundo del negocio, que se tenga el suficiente dinero como para viajar a Suiza y poder, al fin, morir en paz. Me resulta obsceno que quienes hoy tienen continuamente en la boca la palabra libertad se reboten airados ante la eutanasia. Claman los obispos y sus organizaciones satélites -esas que algunos teólogos definen como cristoneofascistas-, berrea la prensa reaccionaria, denuncian los partidos de derecha y ultraderecha… Ante la eutanasia toca abstenerse de hablar de Libertad y "defender" la vida. Mientras, se aplauden los asesinatos selectivos de EE.UU. e Israel, se justifican genocidios, se mira a otro lado cuando se bombardean escuelas y hospitales, se ignora la muerte de inmigrantes en las travesías o se desea la muerte del político al que odias. A la postre, quién sabe si lo que llamamos muerte no es sino vida; y la muerte, en cambio, lo que juzgamos que es vida.
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