España es el país de los "pícaros". Nuestra literatura del Siglo de Oro está plagada de estos "héroes" que actúan de pillos, granujas y tunantes. Las personas "demasiado buenas" a menudo son percibidas como ingenuas, vulnerables o tontas. Aquí, a quién valoramos positivamente es al "listillo", al buscavidas, al que es capaz de "relativizar las normas" y encontrar soluciones "creativas" para obtener beneficios. Estamos en el país de los aprovechan hasta el último resquicio para defraudar a hacienda; el de los que no emiten facturas para que -dicen- "te ahorres el IVA; el de los profesionales que te hacen una chapuza y te cobran a ojo; el de los que se llevan los folios de la oficina, productos de higiene de los hospitales, cientos de fotocopias gratis de los colegios o las toallas de los hoteles; el de los "agricultores" que llenan los depósitos de sus todoterrenos con gasóleo agrícola... Mientras tanto, sobre los grandes timadores, especuladores de alto nivel, mafiosos de las alturas, ladrones de guante blanco, chorizos de postín, buitres de corbata, o Cayetanos corruptos sólo encontramos silencio. Quizá es el precio que hay que pagar para que la mayoría siga rateando sin problemas de conciencia. Nuestra monarquía se construyó históricamente en torno a los negocios sucios de monarcas corruptos. ¿Será por eso que el rey Emérito está autoexiliado? El "pelotazo" ha sido siempre el negocio nacional. Desde siempre, las élites acomodadas han hecho del Estado un gran aparato de negocios destinado al enriquecimiento personal y de clase. La dictadura -corrupta por naturaleza- fue el paraíso de los pelotazos empresariales, de la connivencia entre poder político y económico, de los amaños, las confluencias y trapicheos entre políticos, empresarios, e intermediarios conseguidores. Y como la Transición no cambió de facto las estructuras del régimen, ahí seguimos. Por eso no nos pueden extrañar las sospechas permanentes sobre cada nuevo político que se baja del barco, que se va de la política. Nadie pone ya la mano en el fuego por nadie, aunque sea de tu propio partido. Ahí tenemos a expresidentes, carentes de oficio ni beneficio, que no han dudado en utilizar sus influencias para ponerlas al servicio del mejor postor, ingresando en consejos de administración, creando consultoras para asesorar a grandes empresas, o especializándose en abrir puertas para que otros hicieran negocio a cambio de jugosas comisiones. Hasta ahora nadie se había escandalizado. Las conferencias de Aznar se pagan a precios desorbitados que, en ocasiones, se acercan a los 100.000 euros. Será porque él lo vale. Papá Aznar ha ido colocando a sus hijos y yerno en asesorías, consultoras financieras, empresas inversoras, fondos inmobiliarios, inteligencia artificial, aplicaciones digitales. Y las empresas fantasma y cuentas opacas de la familia surgen a cascoporro. Pero ahora lo que importa, lo que urge, es crucificar a Zapatero. Supongo que ya explicarán después por qué se actúa tan rápido desde la justicia en determinados casos, mientras todo lo pasan por alto cuando se trata de expresidentes complacientes con los poderes económicos y con sus aliados políticos. Será por eso que en este país está prohibido circular sin casco pero en San Fermín lo único que nos piden para correr delante de un toro es un pañuelo rojo y un periódico. Al parecer el que más asusta al toro es OK Diario.
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