miércoles, 27 de mayo de 2026

La puta Concordial

España nunca tuvo su Núremberg. Franco, el dictador que sometió al país durante cuarenta años, murió en la cama abrazado a la mano momificada de Santa Teresa de Jesús. Sus jueces siguieron sentados en los tribunales. Sus apellidos siguen vivos en el Tribunal Supremo. Sus fosas comunes continúan, en su mayoría, sin exhumar; los huesos siguen dentro de la arcilla para vergüenza de todo un país que se sigue definiendo como "Grande y Libre". Y una parte creciente del electorado español apoya hoy de manera abierta a un partido que ni siquiera se molesta en ocultar su desprecio por la democracia liberal, por la prensa libre, por las minorías, por la propia legitimidad de la democracia parida cuando el dictador por fin murió. La amnesia no es accidental. Fue cultivada. Y las investigaciones sobre cómo funciona realmente el deterioro democrático a pie de calle nos dicen quién la cultiva. Rara vez son los fanáticos de arriba. Son los frustrados y los mediocres de en medio, aquellos para quienes la segunda escalera de la lealtad siempre compensa más que la primera escalera del mérito, quienes convierten el sistema en duradero. Son los que han traicionado a su clase, a sus iguales y hasta a su propia memoria. El truco no está en encontrar fanáticos, estos llegan solos. El truco está en crear una falsa ilusión, una falacia, una promesa cargada de mentira que convenza a los insuficientes, los de bajo rendimiento, los frustrados y los mediocres (porque a los señoritos ya vienen convencidos de fábrica) de que su sitio está con los que en el fondo los desprecian. La amnesia fue el precio de la Transición, ese celebrado pacto de mirar hacia delante y nunca hacia atrás, de olvidar por interés de algunos, de cambiar justicia por estabilidad y dejar a los muertos en las cunetas para que los vivos pudieran, por fin, ver películas que la censura no hubiera mutilado. Y sus muñidores, ahora, reclaman incluso el papel de víctimas. Medio siglo después de la muerte del dictador muchos símbolos franquistas siguen ahí, demostrando qué poco han cambiado muchas cosas. Mientras, una sociedad auto engañada y adormecida los ignora, los tolera o incluso los admira. Viejos sentados en las terrazas que ni siquiera levantan la vista. Jóvenes mirando el móvil que creen que no significan nada. Da igual. La mayoría, ignorantes de su significado, e incapaces de hacer de ellos una lectura moral, piensan que simplemente están ahí, que siempre han estado ahí, que cuestionarlos es extremismo mientras conservarlos es moderación. La llama del fascismo nunca se apaga. Se aseguran de ello, con sus empresas mediáticas, sus esbirros políticos, sus jueces y fiscales, sus organismos policiales al servicio de la maquinaria, con recursos judiciales, con pactos de coalición, con páginas y páginas de cinismo, con el ruido y la crispación, con la insistencia paciente, ensayada y absolutamente desvergonzada de que mantener esos símbolos o evitar exhumar las fosas es una prueba de concordia. Váyanse ustedes a la mismísima mierda. Esa en la que, en general, llevan décadas sintiéndose a gusto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.