miércoles, 21 de enero de 2026

Redes, inmediatez y estupidez

Esto va degenerando que se las pela. Al principio, cuando en ellas dominaba el texto y escaseaban las imágenes, la gente acudía a las redes sociales para compartir ideas. Se leían hilos repletos de datos curiosos e incluso artículos de otros ¡completos!. Me atrevería a decir que hasta se alimentaba nuestra conciencia crítica. Ahora, en cambio, el personal busca vídeos, memes, se exhibe, participa del postureo insustancial. Y discute. Discute prácticamente todo, de todo y por todo. Está en un estado constante de irritación. Va directo a gritar a aquel que no les dice lo que quieren oír. "-Buenos días. -Lo serán para ti, gilipollas". Esto pasa porque solo oímos, no escuchamos. De hecho, ya no nos interesa encontrar personas de conocimiento contrastado que nos abran la mente. Preferimos al demagogo que siempre nos da la razón. Y lo aplaudimos. Mucho. Queremos zascas. Queremos revanchas. Queremos bronca. Hemos terminado naturalizando que los bulos son siempre de la ideología antagónica a la nuestra. Y picamos el anzuelo hasta cuando creemos que estamos defendiendo la honestidad. Todo quisque cree ser "gente de bien". Todos, alguna vez, hemos legitimado un comentario de bar sin conocer la profundidad del asunto. Porque nos estamos atrincherando en ideas fáciles que no pueden explicar un mundo complejo. Es lo que tiene acomodarse a evitar el esfuerzo de pensar. Queremos la vida resumida en eslóganes publicitarios. Algunos lo saben, lo propician y lo aprovechan. Las redes sociales nos empujan a la abreviatura. La limitación de caracteres se ha ido normalizando. Los Whatsapp reducen el texto, lo sustituyen por emojis o por mensajes de voz. La escritura es más reflexiva y calmada que el habla. Ya no hay tiempo para expresar matices, hay que ser muy contundente. Así la sociedad digital ha ido interiorizado el golpe en la mesa como la forma más eficaz de autoafirmación en la marabunta de impactos audiovisuales al que nos enfrentamos. Y la imagen es una trampa. Ya no basta con subir una imagen que es un bonito recuerdo. Se procura dar envidia al personal, demostrar al mundo que somos seres de éxito, personas envidiables. Antes la foto pretendía rememorar. Ahora hay que salir perfecto, poniendo posturitas y haciendo mohines fashion porque tratamos a los amigos como si fueran nuestros fans y buscamos su aprobación. De ahí a la tontería y la estupidez surrealista hay sólo un paso. Vemos así a personas sin apenas seguidores que hablan cual influencers con millones de "followers". Que piden una tapa de bravas y la explican como si estuvieran en Masterchef. Que entran en un Zara y narran los maniquís como si fueran enviados especiales a la London Fashion Week. Las redes son el escaparate del triunfo del individualismo. Un lugar donde muchos se sienten relevantes porque creen tener un altavoz. Un altavoz que, en el caso de los más lerdos, amplifica su capacidad de gritar, pero no potencia la serenidad que permite escuchar para comprender. Eso cuando, además, la comprensión oral y escrita está hecha unos zorros.

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