En estas semanas en las que están sucediendo tantas cosas, y casi ninguna buena, las conversaciones se llenan de frases que oscilan entre la incredulidad, el espanto y la más profunda desesperanza. “No puedo creer lo que está pasando”. "Y nadie hace nada". “Lo peor es que nos quedamos mirando mientras todo empeora”. “Yo estoy bloqueado, no puedo expresar lo que siento”. “¿Por qué no estamos llenando las calles de gente que se junta para protestar?”. "No tengo esperanza de que esto mejore". Y no es pesimismo filosófico. Es que la tozuda realidad demuestra que cada frase, cada declaración de intenciones, cada acción y cada reacción, vienen a empeorar el escenario. Detrás de cada frase pronunciada mientras nos miramos a la cara, mientras buscamos una respuesta en la gente cercana, la que también se mueve por cambiar las cosas, sólo veo rabia inútil y abatimiento paralizante. Me gustaría, y supongo que a ellos también, dar a mis palabras un tono de esperanza, pronunciar otras frases que ayuden a encontrar un camino por el que tirar, buscar juntos un antídoto frente a la parálisis. Algo que desmienta de la idea de que, ante tanto sinsentido, ya no hay nada que hacer. Pienso en la importancia de saber lo que ha sucedido en otros momentos decisivos de la historia, cuál fue la chispa que provocó la reacción, el motor del cambio subversivo. Siempre he pensado que los grandes cambios siempre han llegado cuando la mayoría ya no tenía nada que perder. Y creo que ahí está la clave, la diferencia. Ahora mucha gente se queja, despotrica, se indigna... Pero sí tiene cosas que perder. Lo malo es que lo olvida, lo da por asegurado y piensa sobre todo, y egoístamente, en lo que le gustaría ganar. Y se arroja así, suicidamente, en brazos del primer populista que le promete el oro y "echar" al moro. Además, no veo yo a la gente muy dispuesta a perder un solo minuto de su tiempo en dejar de mirar sus videos de Tik Tok, de hacer sus compras en internet, de seguir las modas digitales, asistir a botellones o espectáculos masivos, o dejarse su tiempo y su dinero en la búsqueda constante de experiencias "personalizadas y únicas" que reflejen su identidad individual. Y, claro, cuando el individualismo lo domina todo y la conciencia crítica está anulada, se desactiva la voluntad y lejos de reaccionar contra la barbarie le ríes las gracias.
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