Al parecer los indígenas de Groenlandia, el pueblo Inuit (término que significa ‘la gente’), aprendieron a dirimir sus conflictos mediante poemas y cánticos, pese a que la isla fuera descubierta por un guerrero vikingo expulsado de Islandia. Esa forma de afrontar los conflictos no les servirá de nada ante el nuevo "conquistador". Quizá ahora muchos se den cuenta que, despojado de ese halo nacionalista de heroicidad y grandeza, el conquistador ha sido siempre lo más parecido a un saqueador. Ahora el nuevo vikingo llega del oeste pero en su naturaleza no es muy distinto al medieval: un tipo rudo, amenazante, sin modales, de lengua feroz que, buscando riquezas, cae sobre aterrorizadas poblaciones causando las bajas necesarias para robarles sus recursos. El nuevo "bárbaro" pretende comprar sus tierras aun cuando no estén a la venta. Le da igual porque amenaza con arrebatárselas, incluso por la fuerza, en cualquier caso. Parece que, ya puesto, Trump aspira a incorporar Islandia al territorio norteamericano, en un preocupante suma y sigue que ha comenzado convirtiendo a Venezuela en un protectorado y que podría no tener fin. Entretanto está dinamitando la OTAN e intenta destruir a la Unión Europea. Ahora recurre al chantaje canallesco, amenazando con elevar a los aranceles a quien se oponga a su capricho de apoderarse de Groenlandia. Pero su actitud con Europa deja ver otro de sus intereses de fondo, tan miserable como todos los suyos. Hablo de su burla de Europa porque se "preocupa más por ayudar a los más desfavorecidos, que de favorecer únicamente a los más afortunados", como predica su cosmovisión plutocrática del mundo. Hasta los "independentistas" groenlandeses, por mucho dinero que se ponga sobre la mesa, prefieren seguir siendo tierra danesa porque Trump nunca defendería todo cuanto brinda el Estado de bienestar escandinavo. Para los que no encuentran otro, es un argumento para combatir la fuerza bruta: defender un modelo social que se ha convertido en el enemigo a batir por el sátrapa americano y sus secuaces neofascistas, recordar que hay alternativas para la convivencia y que no todo se reduce a idolatrar el dinero como si fuese una divinidad cuyo credo fuese tan obligatorio como excluyente. O eso, o nuestra sociedad será pronto tan salvaje como ese mundo distópico y miserable que el nuevo vikingo nos está imponiendo.
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