sábado, 30 de mayo de 2026
Opinadores y opinatrices.
Se llaman opiniones. Se expresan en bares, en el trabajo, en las colas. Se tuitean al calor de la última noticia o el meme de turno. Se susurran en corrillos como verdades que el sistema no quiere que sepas o se gritan en las terrazas de los bares para que todos te escuchen. Parecen inofensivas, pero a menudo están cargadas de frustración e incluso de odio. Son el ruido de fondo de una sociedad desnortada. Hoy las opiniones no se expresan; se escupen, se imponen. Te las endosan aunque no las hayas pedido. Me joden, especialmente, las que empiezan con un "nosotros" o un "ellos" porque te ves venir la monserga doctrinaria. Estoy hasta el occipucio de que el opinador aficionado me hable de la gente de bien, de la España real, de esa mayoría silenciosa a la que -al parecer- una minoría vociferante -casi siempre, reivindicativa, extranjera, separatista, feminista, progresista...- le roba "su" país, el trabajo, la tranquilidad. Estoy harto de aquellos para los que los vagos, corruptos, delincuentes..., son siempre los "otros". Está gente ha sido convenientemente adoctrinada. Para ellos el inmigrante no es una persona; es una cifra que nos colapsa la sanidad, una sombra que nos quita la vivienda, un riesgo que amenaza a nuestras mujeres, como si no hubiesen sido amenazadas y agredidas históricamente por nosotros mismos. El independentista no es un adversario con argumentos; es un traidor, un anti-España. El que piensa distinto no es un conciudadano; es un enemigo de la patria. Las palabras dejan de describir realidades para crear trincheras. Y en una trinchera, al que está al otro lado no se le convence; se le elimina. Los modernos opinadores desprecian el dato, ridiculizan el matiz, celebran el grito. Lo importante ya no es lo que es verdad, sino lo que ellos sienten como verdad. Si las estadísticas demuestran que la inmigración no colapsa servicios ni dispara la criminalidad, es que las estadísticas mienten. Se construye así una realidad paralela donde la única autoridad es la del que grita más fuerte, miente con más descaro y promete restaurar un orden que solo existe en el deseo y en el resentimiento. En este relato, emerge con fuerza la leyenda de los que viven de las paguitas, el parado que no quiere trabajar, el inmigrante que viene a cobrar subsidios... Pero el tonto útil no se entera de que el fraude fiscal en España supera los 90.000 millones de euros anuales y que el grueso de esa evasión se concentra en grandes empresas y grandes patrimonios, no en los perceptores de rentas mínimas. Mientras se señala al pobre como vago, se silencia cómo bancos, grandes comercios y sectores empresariales —especialmente aquellos que más emplean mano de obra migrante en condiciones precarias— se benefician de subvenciones, rescates públicos y desgravaciones millonarias. La distancia entre la opinión infundada y agresiva, el insulto en redes y la pedrada en la calle es más corta de lo que creemos. Qué ganitas tengo de soltarle a los opinadores a tiempo completo eso de "tienes la lengua más larga que el conocimiento, así que métete tú opinión donde te quepa".
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