sábado, 30 de mayo de 2026

Opinadores y opinatrices.

Hoy en día todo el mundo opina, de todo y todo el rato. Emulando al Chiquilicuatre: opina Jose Luis, opina bien suave; opina Mariano, mi amor ya tú sabes; opinan los brothers; opina mi hermano; opina hasta el más tonto con las babas en la mano. Algunos sólo dejan de opinar para estirar las piernas mientras se desplazan del plató de una tertulia a otro. Es extenuante. Para el que escucha, no para el que opina. Parecen un disco rayado. Opinar parece haberse convertido en un acto de resistencia ante el ostracismo mediático. ¡Opina o revienta!, parece ser su lema. Opinadores y opinatrices parecen haberle cogido el gustillo a la multiplicación de las tertulias sin necesidad. Trabajo no les falta. Temas para opinar, tampoco. Cada veinte minutos aflora una nueva remesa de asuntos cruciales sobre los que urge opinar antes que se cumpla su fecha de caducidad, impresa en el margen de los análisis de audiencias. La opinión se convierte en una mercancía tan vulgar que es objeto de ofertas 3x2 o mercancía de "Liquidación Final" en el empobrecido ultramarinos de las tertulias. La cosa se degrada que se las pela y hemos pasado de proclamar aquello de "un hombre, un voto" a exigir "un hombre, una tertulia para que opine", aunque el lema de algunas de ellas debería ser "un hombre, un plátano". El opinador se caracteriza por su polimorfismo y su capacidad de cambiar de opinión según soplen los vientos o interese. A veces se disfrazan y pueden presentarse como expertos en algo, analistas políticos, periodistas mercenarios, políticos retirados o polemistas. Pero, a menudo, no son otra cosa que bustos parlantes encaramados a una mesa de debate. Aunque podía ser de wáter por las "deposiciones" a las que nos tienen acostumbrados. No llevan distintivo alguno pero se les reconoce en cuanto abren la boca. O cuando evidencian que les incomoda mucho que les interrumpan mientras intertuompen. La entrega de muchos de ellos al furor narrativo, la especulación, la fabulación, la opinión ficción o la mentira reiterada es un hecho notable. Es sospechoso que, siendo como son a veces, unos mostrencos, sepan de todo, pontifiquen de todo y se crean con el don de la infalibilidad. Para ellos cualquier opinión es fácilmente reciclable con los subterfugios adecuados. Por eso, las opiniones con las que comercian suelen estar siempre atestadas de trucos o vaporosamente definidas. En caso de "cagada" se niega la mayor o se responsabiliza al objeto de su opinión por haber mutado de idea o forma de acción. El lenguaje tiene siempre la capacidad de conjurar simulacros. Quizás por eso la Asociación Internacional de Opinadores ha convocado un congreso eucarístico para determinar hasta que momento insultar a la inteligencia, cepillarse la verdad y cagarse en la honestidad es una ofensa grave al espectador o sólo un pecadillo venial. Mientras, conviene ir con cuidado: un amigo se tropezó ayer con un espacio de análisis y opinión con Tamara Falcó y por poco se descalabra.

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