Si algún término puede definir la época que vivimos ese es el de caos, real o simulado , que ese es otro tema. Pero el caos no es un accidente, es el campo de batalla favorable donde el liberalismo salvaje ha decidido librar la batalla por el futuro. Y va ganando por goleada. Día a día van abonando el caos. El objetivo es borrar la normalidad, tal como la conocíamos, y sembrar el camino de problemas que nos envuelvan y atosiguen para que lo establecido se desmorone, los paradigmas colapsen y la incertidumbre se convierte en la única constante. Un paso previo es estimular la sensación de desorden. Para ello la realidad se mezcla con la ficción y la posverdad en las noticias y en las redes sociales. Ambas se utilizan para lanzar fake news, ganar elecciones o normalizar realidades paralelas generadas por la inteligencia artificial al servicio de un tecnofeudalismo que redefine el trabajo, el ocio, las relaciones sociales y hasta las conciencias. Sus dueños diseñan los algoritmos "configurando" el escenario que más les favorece. Y este no es otro que un estado creciente de incertidumbre y caos. Las redes sociales se están volviendo incompatibles con un sistema democrático y unas relaciones sociales saludables. Esta es la esencia de nuestro tiempo. No es que hayan interrumpido la normalidad, es que la han desmantelado. El caos no es un accidente, es una condición necesaria. Nuestros tiempos se escriben con la gramática de la fuerza y el argumento de la mentira. La concentración violenta de los bienes globales en manos de una minoría es el objetivo. Los ciudadanos libres empiezan a ser una ficción. La mayoría apuesta por una falsa libertad basada en el consumo y el capricho de sus pulsiones y se entrega, en su condición de siervo, a los antojos de su señor.
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