Posiblemente, para mí desgracia, yo no creo en dios. Bueno, últimamente ya ni en casi nada. Recuerdo tomar la primera comunión, que fue casi la última, pensando el tremendo teatrillo de pseudocanibalismo que era aquel rito. Comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre. ¡Qué barbaridad!. Después fui comprobando como se podía convertir la fe en una simple superficialidad, un "culto a los oropeles", acentuando la importancia de joyas, quincallas y perifollos, convirtiendo la relación con Dios en una especie de contrato mercantil donde se intercambian favores por promesas. Reniego del cristianismo de "escaparate", de la fe vivida solo a través de tradiciones externas, procesiones pomposas, romerías festivas o el lujo en ornamentos litúrgicos. Es un cristianismo estético y materialista disfrazado de una falsa espiritualidad sentimentaloide. Ello con la necesaria complicidad de unos adeptos, en su mayoría, totalmente ignorantes de los principios básicos que sustentan su fé. No tengo intención de ofender a nadie por sus creencias pero me parece tremendamente ridículo venerar a una -o muchas- imágenes antropomorfas centrándose en sus valores estéticos, en la opulencia de sus ornamentos, en su supuesto carácter milagroso, la excesiva devoción a objetos materiales (imágenes, medallas, reliquias)... Todo esto está a un paso del culto politeísta y la idolatría. Me niego a creer que la tremenda complejidad del universo y nuestra propia existencia se explique a partir de una carpintería en Nazaret. En fin, que nunca he podido elegir creer y eso me ha dejado solo y desamparado frente a la certeza de un mundo cruel y una especie humana deleznable y destructiva. Ser escéptico y descreído es un inconveniente a la hora de echar las culpas a otro ente de nuestras calamidades, sea una deidad o muchas, sea la magia o una alineación de planetas (¡menuda poyada!). No, hombre, no. Ya está bien de pensar que las cosas pasan "porque Dios quiere", "gracias a Dios", que "Dios quiera o no lo quiera", "que es su voluntad". De ignorar su responsabilidad en guerras con miles de muertos o accidentes con decenas de fallecidos pero agradecerle supuestos, indemostrables y hasta ridículos milagros con ánimo de lucro. Toda la responsabilidad sobre lo que nos pasa recae en nosotros, en el prójimo y en el azar, no podemos culpar a nadie más ni buscar consuelo en el cosmos para descargarnos y sentir que algo más grande nos dirige. Es una actitud irresponsable e infantiloide. Quedamos así como simples animalitos, que nacen y mueren, sin sentido ni propósito.
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