No me gusta generalizar. No es justo. Pero percibo que un gran porcentaje de jóvenes carecen de orientación, de interés, de valores éticos, de empuje. Esto les está reservado a minorías. En los demás prevalece la apatía, el vivir al día, el no querer complicarse la vida, las ganas de divertirse exclusivamente. Leen poco o nada; piensan poco o nada; y, para ellos, el sexo, los amigos, las videoconsolas, los conciertos masivos, botellones y otras drogas son la expresión de lo que se puede aspirar en este mundo. Porque, a lo mejor, la culpa no es sólo suya. No esperan tener un trabajo digno (los contratos basura son otro éxito del gran capital) ni se les facilita el ser independientes con la suficiente garantía laboral como para permitirse formar una familia o tener su propia vivienda (su precio inasequible, un nuevo éxito del gran capital). Sin duda, esto explica bastantes de sus actitudes escapistas -suicidios incluidos-, aunque no se pueden justificar por ello. Pero no solamente los jóvenes. Estamos al límite en un barco que se hunde. Pero la conciencia de la mayoría de los pasajeros (nosotros) duerme. Sonámbula, anda metida en lo material, el consumismo, el hedonismo irresponsable, atrapada en las tradiciones religiosas y mundanas, ausentes de valores espirituales, y en la información bazofia que se le suministran a diario por los medios. Pero la conciencia puede despertar. ¿Cómo hacerlo después de la traición social que mantiene el neoliberalismo en todo el planeta?… Despertando la conciencia mediante la práctica de las leyes espirituales. Hay muchos caminos para llegar al mismo destino; la cuestión es que cada uno busque el suyo para finalmente transformarse en alguien más noble, más desinteresado, más divino y menos “humano, demasiado humano”.
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