El lema clásico del periodismo y los medios de comunicación, especialmente en radio y televisión, de "informar, formar y entretener" parece que se ha trocado por el de desinformar, deformar y envilecer. En el actual campo de la información hay barra libre para cualquier basura mientras sirva a los intereses de los grandes poderes y de sus sicarios. Disfrazada bajo la máscara de la libertad de expresión, se ha instalado una maloliente libertad de mentir, calumniar, insultar y engañar: una bien engrasada maquinaria de manipulación. A su servicio encontramos un diligente ejército de pseudoperiodistas y opinadore que son en realidad troles con patente de corso. Dedicados en cuerpo y alma a proclamar el evangelio del neoliberalismo autoritario y la privatización de todo lo que se menee, son curiosamente beneficiarios de suculentas subvenciones públicas otorgadas por sus marionetistas. Maravillosa ilustración de esa colaboración público-privada en la que tanto creen las derechas. A los periodistas conservadores honrados les debe doler ver cómo esta fauna degrada un oficio a priori hermoso, anegándolo en un lodazal de miseria moral. Pero logran que las falacias y falsedades que repiten machaconamente acaban calando, dejando huella en la mente. Las vomitan a diario, machaconamente, para que no subsistan dudas. Por otro lado, lo que no aparece en sus medios no existe. Las plataformas mediáticas ejercen un monopolio del discurso, consiguiendo que solo se hable de aquello a lo que dan cancha. Independientemente de que se trate de exageraciones, semiverdades o mentiras cochinas, pues hace tiempo que la verdad y el periodismo sellaron su divorcio. Su plan de choque se basa en cuatro pilares: "Todo va mal, todo se hace mal, vamos al desastre" como método de asaltar el poder; la desregulación del sector privado; la privatización de cualquier servicio público rentabilizable; y el recorte sin precedentes de la fiscalidad de ricos y grandes empresas complementado con acentuadas podas del gasto público. Eso por por no hablar de la incesante labor de blanqueo del fascismo puro y duro, transformado por la magia catódica en centroderecha. Así va el mundo.
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