miércoles, 21 de enero de 2026

El cosmos de las redes

Antes, para entretenerse, la gente ponía la tele, salía de paseo, a "ver escaparates", se iba al cine, al parque a sentarse en un banco y comer pipas, se asomaba al balcón a ver pasar a la gente o se tumbaba en la cama para repasar los desconchones del techo. Ahora no. Ahora la peña se echa en brazos de las redes sociales, que ofrecen cada día un espectáculo vivo y cambiante, siempre parecido y siempre distinto, capaz de hacernos olvidar por completo la experiencia del aburrimiento. Son el moderno circo. Ya no nos debemos refugiar en nuestros propios pensamientos en casa, ni durante las esperas. Ya no necesitamos buscar una mirada cómplice en la parada del bus. Ya no debemos armarnos de paciencia mientras viajamos en tren. Ya no debemos aguardar al informativo para conocer las noticias. Los impulsos visuales no nos dejan ni un segundo solos desde el móvil que no soltamos de la mano. Al menos, hasta que agotamos su batería que, por suerte, se recarga cada vez más rápido. Ya nadie apaga el móvil. Así lo maten. La hiperconexión digital nos acompaña sin descanso. La viralidad se ha convertido en un espejo completo, abreviado e implacable de la condición humana. Y caemos en la paradoja, porque las redes sociales las hacemos nosotros mismos, a pesar de los algoritmos, pero individualidad cero. Las redes son un panal donde todo se reúne y, a veces, todo se confunde. Y todo siempre se amplifica. Aunque, al minuto, también sea devorado por el olvido de la inmediatez. En las aplicaciones y plataformas para compartir mensajes e imágenes hay de todo: los que gritan, los que escuchan, los que callan, porque no saben qué decir, los que fardan de una falsa ejemplaridad, los que no dejan de vender su éxito y, por supuesto, los sabelotodo. Los expertos incontinentes que un día, por la mañana, parece que han estudiado un máster en política internacional y por la tarde que han hecho un máster exprés en geoestrategia. Que a la mañana siguiente son especialistas en Julio Iglesias y 24 horas después son expertos peritos del sistema ferroviario y usan con desparpajo términos y expresiones como material rodante, fatiga de carril, fisura de soldadura, geometría de vía, bogies, balasto..., aunque no saben que significa ADIF ni darían pie con bolo para explicar la diferencia entre un tren AVE y un ALVIA. Pero los peores son los que ante cualquier tragedia asumen un rol de pitonisos. Son los que "ya sabían ellos lo que iba a pasar". Los vemos ahora. Lo sabían porque les tembló en un viaje su tren, porque ese "bote" en el PK 378 no era normal, porque "se veía venir". Después están los que especulan con perversa osadía -pues desconocen los datos reales-, pero que nunca fallan. Y, finalmente, están los sin escrúpulos, aquellos que son capaces de usar una tragedia con decenas de muertos y cientos de heridos para ganar visualizaciones cizañando desde su sometimiento ideológico. Al final, las redes son un catálogo de tipologías de personas, humanas e inhumanas. Un microcosmos vehemente que sintetiza la sociedad. Al final, las redes quizá sólo sean un escondite público que demuestra qué necesidad tenemos de encontrar lugares para el desahogo más que para el diálogo.

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