miércoles, 21 de enero de 2026

Fatiga y no sólo de materiales

Estoy ya fatigado de oír hablar de la fatiga de materiales. La primera vez que yo entendí de verdad la expresión no fue en un laboratorio, ni en un taller mecánico, sino en el salón de mi casa: una silla aparentemente nueva decidió, sin aviso previo, convertirse en causa de mi costalada y en un argumento filosófico sobre la fuerza de la gravedad. Nadie la había maltratado. Nadie la había sobrecargado. Simplemente, tras miles de ciclos de carga, una microscópica grieta debió crecer hasta alcanzar su tamaño crítico y se propagó, fracturando el material. Y ahí estaba yo: asustado primero, indignado después, tentado de buscar culpables… y, al mismo tiempo, obligado a admitir lo obvio: los fallos complejos, los accidentes, rara vez se explican con un dedo acusador. Con el siniestro de tren en Adamuz ocurre algo parecido, solo que aquí la silla pesa cientos de toneladas, se movía a 200 km/h y, sobre todo, transportaba vidas. En este caso, lo mínimo exigible es no convertir la tragedia en una tertulia especulativa de barra de bar. Pero eso parece imposible y cuando los cadáveres estaban todavía calientes ya se empezaban a formar los primeros corrillos de miserables raudos a señalar culpables con su dedo. Entiendo que el ser humano, ante la incertidumbre, necesita certezas, necesita conocer las causas para cerrar historias y atender a sus otras muchas dudas. Por eso hay que buscar culpables: “fue el maquinista”, “fue la vía”, “fue el tren”, “fue algo con nombre propio”. Deberíamos ser pacientes pues, incluso con presión pública, el sistema está diseñado para que la prisa no sea la autora intelectual del informe. Pero el tiempo político es inexorable y empuja a sus actores en cascada. La ultraderecha no tuvo tiempo que perder. Ya sabemos que, para ellos, al minuto de silencio por una mujer asesinada le sobran 60 segundos. Y siguieron a lo suyo, sembrar odio, sin esperar a que se retirasen los cadáveres. Cuando no había terminado el luto oficial Ayuso decide que ya no espera más. La prensa "amiga" ya le había desbrozado el camino apostando todo al "rojo" del fallo estructural de la vía, el que más fácil pone culpar al gobierno, sin pensar que ésta se renovó hace sólo ocho meses por Ferrovial, Azvi, OHL y FCC. Qué más da, todos sabemos que Sánchez, Puente y compañía tenían que haber estado a diario en el tajo supervisando las soldaduras. Y claro, una vez que Ayuso asoma la jeta, Feijóo tiene que salir corriendo a elevar el tono, temeroso de que le quiten el sillón pur pusilánime. Yo, al final, vuelvo a mi silla rota. Si me hubiera fiado de la intuición, habría culpado a la carpintería, a la tienda de muebles, al comercial, al que plantó el pino del que salió la madera, al destino, al suelo del salón o a la carnicería que me vende los callos. Pero cuando uno analiza, sabe que todo es más complejo: un diseño por ordenador, una unión que concentra tensiones, un microdefecto indetectable, miles de cargas repetidas, malas posturas corporales… O, a lo mejor, es que todo es voluntad de Dios, o que todos tenemos señalada nuestra hora de pegarnos el "chochazo", o que a toda silla le llega su San Martín.

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