Hace ya tiempo que existe una corte de opinadores profesionales que hacen de la libertad de expresión una obligación en lugar de un derecho. Viven de eso y para eso. Pero esa figura se ha democratizado, dando paso a un ingente ejército de opinadores aficionados que hacen su guerra en muchos frentes: familia, amigos, bares y redes sociales. En ellos despliegan todo su arsenal con descaro, sin freno y, cómo no, sin dudas. Para ellos todo son certezas. Suelen sentenciar sobre política, fútbol, religión, cotilleos, ciencia o lo que se tercie. Son los modernos "maestros liendre, que de todo saben y de nada entienden". Ahora, con el "Imperio de las redes", han aflorado personas obsesionados con ser protagonistas. El problema es que, muchos de ellos, son estúpidos integrales, a tiempo completo. Son profundamente ignorantes pero creen saberlo todo, incluso se jactan de ser expertos en cualquier cosa que se les ocurra. El ciclo se cierra cuando los medios se dedican a dar importancia a quien no la tiene. Esa es la clave para convertir a estas personas en "opinadores de oficio". El problema es que, éstos, incluso aunque puedan exhibir credenciales académicas, no necesariamente tienen el conocimiento necesario para que su opinión sea avalable. Y el rizo se riza cuando el opinador aficionado es "famoso" y ve la forma de monetizar sus opiniones. Cuando, en su huida al precipicio de la mendacidad, los medios deciden que estos personajillos ocupen espacio en sus páginas digitales o sean invitados de lujo a cuanto programa admite un espacio de debate, tertulia y opinión, dándoles así pie a que propaguen su estupidez, sectarismo e ignorancia o que puedan, incluso, desmentir y hacer quedar mal a quienes sí pueden hacer aportes de calidad. Al final, los medios se convierten en una ventana más del patio de vecinas digital en el que se han convertido las redes. Todo tema se convierte en un corrillo de pelea de patio de colegio. Todo asunto, por nimio que sea, tiene sus fans y detractores que al momento se retan en una pelea a navajazos. La actualidad deviene así en espectáculo barriobajero de entretenimiento popular. Se acabó aquello del vive y deja vivir. Ahora prima sacarle las tajadas al vecino. Todólogos, cuñados, expertos de todo a cien, iluminados varios..., se ven empujados a hacer públicos sus gustos, sus ideas y sus presuntos conocimientos, porque el mundo necesita saber su opinión, claro que sí. Y así tiene uno que aguantar que, ante cualquier tema, por profundo que sea, cualquier "televisión de bien" corra a ponerle un micrófono en la boca al primer bebelejías que se tercie. Sus eructos se oyen así altos y claros. Periodismo, lo llaman a eso.
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